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Un Lilo que cuenta

Presentación del libro durante el V Festival Vista

Un Lilo que cuenta
diciembre 07
14:45 2016

 

Ya en la década del ochenta, andaba Lilo Vilaplana con sus historias a cuestas y los personajes que le gustaría interpretar. Buscaba con desesperación la manera de enunciarlas, le urgía verterlas sobre la gente que lo rodeaba. Esa necesidad de comunicación siempre anduvo pareja con su talento de contar historias a través de la escritura y la actuación.

Aquella semilla artística germinó en su natal Nuevitas, asentamiento en los márgenes de una bahía en la costa norte de Camagüey, y tenía la cadencia del viento que destapaba una sábana de salitre sobre las olas intranquilas que golpeaban los arrecifes, y que luego iba a copar los hogares con sus olores a mañana nueva. Esa cadencia e intranquilidad moverían posteriormente los textos de Lilo, siempre intentando brindar una novedad conmovedora de la gente de a pie, aquellos que no encontraban la manera de expresar sus conflictos. Sobre todo, desde esa problemática política de la censura que provocan los regímenes totalitarios, que persiguen a los creadores para que no descubran las aristas negativas de lo que llaman “revolución”, y que en provincias la policía política se encargaba de arreciar. Desde que comenzaban sus primeras incursiones en el arte, eran seguidos como sombras pérfidas. No importaban las incomodidades provocadas.

Y Lilo, como los barcos que se hacen a la mar –tantos que vio partir–, comprendió que tenía que salir a buscar mundo, un espacio donde hacerse de un oficio que le ayudara a sacar aquella lava que se le movía dentro y comenzaba a quemarle las entrañas, y que no resolvería en su hermoso y amado pueblito de pescadores y ambiente portuario.

Y apenas siendo un joven, con su pelo largo y rebelde que delataba su carácter divergente, cuestionador y crítico en el cuerpo enjuto, se despidió de sus padres, hermanos, amigos, de la novia de la adolescencia, porque una luz le anunciaba que en La Habana existía la posibilidad de desarrollarse como artista. Partió sin dinero suficiente pero ni falta que le hacía, pensaba, porque sus bolsillos iban llenos de historias; sin una dirección posible donde lo acogieran a su llegada ni una persona conocida que lo recibiera, porque su maleta iba copada de personajes que lo atribulaban con sus diálogos, con sus dilemas y contradicciones, exigiéndole que se encargara de contarlos, de darles vida en cualquiera de los formatos del arte.

Una vez en La Habana, le pareció la ciudad más grande del mundo, que por mucho que se moviera en ella no encontraría sus bordes. Y a pesar del hambre, su mejor aliada desde la llegada, el frío y el autodestierro de su casa natal, jamás pensó en regresar. Estaba consciente de que solo la perseverancia lo salvaría del fracaso. Y esa constancia lo salvó ante las infinitas dificultades, tan cotidianas por aquellos días. Cuando más triste estaba, en los momentos de más soledad y añoranza por los suyos, extraía de su maletín las escrituras, algunas piezas de teatro que le brindaban aliento, que le hacían regresar la respiración, y volvía a soñar, a creer que un futuro de creación le aguardaba y que solo había que esperar que los astros coincidieran con sus espacios personales, aunque pasaran los meses y tuviera que dormir en funerarias y acompañar a otros por el dolor de perder a seres queridos; o burlar a los custodios para entrar a hurtadillas en el hotel Riviera con la finalidad de tomar el baño del día como su único aseo; y cualquier banco de un parque lo improvisaba como cuarto de estudio, le servía de espacio para sumergirse en sus historias, libretas que escribía a punta de lápiz y al desarrollar las tramas lo sustraían de su angustiosa realidad, de la incertidumbre de no saber cómo encausar su vida.

Tanto talento y tenacidad no tendrían otro desenlace que su ascenso en el espacio cultural de la capital. Finalmente pudo comenzar a laborar en la televisión, donde a pesar de la precariedad, la burocracia, la miseria y la permanente censura que lo perseguirían siempre, de los ideólogos políticos que lo observan con desconfianza porque veían en él cierta irreverencia siempre peligrosa para la dictadura de los hermanos Castro, en el poder desde antes de su nacimiento, conoció a sus maestros: Eduardo Macías, Roberto Villar y Raúl Guerra, aquellos con los que colaboraría hasta sus muertes y a quienes ahora dedica este libro, fruto del dolor que arrastra de sus años en Cuba.

Porque Lilo, después de llegar a ser uno de los realizadores más destacados de la televisión cubana, se despidió otra vez hacia un horizonte profesional más ambicioso y abarcador, pero sobre todo hacia un futuro libre, un lugar donde su familia, él y su obra no sufrieran persecución. Colombia. Allí nació su hijo Camilo, y allí llevó a su hija Camila. Allí continuó produciendo su obra visual. Destacó con los seriales y novelas, aunque no fueran los géneros que deseaba como artista, pero le valieron afianzarse como un director cotizado.

A la par, Lilo fue escribiendo estas historias sobre la cotidianidad del cubano. Todos tuvimos anécdotas similares, pero a sus ojos de artista adquieren una relevancia mayor y conmueven profundamente gracias a su magistral manera de contar con aparente simpleza, sin frases rebuscadas, solo con un lenguaje directo y humano. Lilo tampoco complica la prosa con alardes técnicos, solo le interesa mostrar sus relatos. Cada pieza de este libro, La muerte del gato y otros cuentos (Neo Club Ediciones, 2016), está tallada con la paciencia de un relojero. Cada una está impregnada del dolor de la gente común. Conmovedoras historias que el lector agradecerá, pues constituyen un estudio sociológico de una Cuba tristísima de personajes marginados, como en el primer cuento donde define la hambruna de los primeros años de los noventa, la vigilancia constante, la delación, la persecución policial.

Luego, gracias a su tozudez, y con la ayuda de su familia y amigos, lo convirtió en cortometraje, con actores de lujo que destacan la agonía de todos los cubanos en aquellos años del período especial y que le valiera tanta crítica positiva, por lo que clandestinamente se diera a conocer en Cuba después que le fuera denegada su participación en el Festival de Cine de La Habana.

Dos años después repetiría con otro cortometraje, ‘La casa vacía’, que versa sobre la separación de las familias y las pérdidas humanas en el intento de cruzar el Estrecho de la Florida y llegar a Miami. Y en las tramas siempre se descubre la persecución policial, las presiones de la Seguridad del Estado. Escenas conmovedoras que leemos en el periódico, pero que una vez llevadas al arte adquieren una dimensión mayor y, por ende, denuncian más abarcadoramente a la dictadura. Escenas en las que nos debatimos como lectores o espectadores y donde adquiere mayor relevancia el escritor con oficio de realizador: ambos formatos logran perturbarnos profundamente.

Este libro de relatos va acompañado por otras joyas narrativas que merecieran ser llevadas a la pantalla. En cada una viven, padecen y a veces mueren sus personajes, contados desde el dolor infinito del buen cubano que va dentro de Lilo Vilaplana. Mostrar la realidad nacional lo ha convertido en un enemigo político.

Lilo también ha incursionado en el teatro. Nunca le es suficiente ahondar en otros géneros porque comunicarse le es vital, sobre todo mientras le sirva para gritar contra la férrea dictadura que nos oprime desde hace más de medio siglo. Porque cualquiera de las variantes en que incurre constituye el espacio idóneo para luchar contra los Castro; nunca ha podido olvidar a quienes dejó atrás. Su vida y su arte tienen un solo fin: hacer justicia.

Como justo es adquirir este libro y llevárnoslo a casa, en esta su tercera edición con cuentos inéditos que Lilo ha agregado después de haberlo impreso en Colombia y República Dominicana. Una vez que lo lean, acomódenlo en un lugar donde reciba la luz del sol, como quería el verso del Apóstol, para, una vez allí, continuar observándolo como el especial regalo que nos trae este cubano que cuenta.

Prólogo a ‘La muerte del gato y otros cuentos’, publicado por Neo Club Ediciones en 2016

https://www.amazon.com/muerte-gato-otros-cuentos-Spanish/dp/1540490831/

Sobre el autor

Ángel Santiesteban

Ángel Santiesteban

Ángel Santiesteban (La Habana, 1966), escritor y bloguero, es autor de “Dichosos los que lloran”, “Los hijos que nadie quiso” y "El regreso de Mambrú" (Premio de Narrativa 'Reinaldo Arenas'), entre otros libros. Su obra ha sido acreedora de galardones como el Casa de las Américas y el Premio Nacional de Literatura Independiente 'Gastón Baquero' (2016), entre otros. Su novela “El verano en que Dios dormía” obtuvo el Premio Internacional Franz Kafka de Novelas de Gaveta en 2013.

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