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Un secreto de grandeza

Un secreto de grandeza

Un secreto de grandeza
Septiembre 03
12:20 2014

Ya hemos hablado del “héroe”, pero ahora quiero referirme a algo que muy bien puede estar en la sintonía de mi amigo WV, alias el Guille, que como dije siempre fue un escritor de primera, el acabose, amigo, alguien que no se las callaba, y que podría haber acogido esta idea que de inmediato les trasmito, y que bueno el caso es que esto que voy a relatar demuestra cómo son de complejas las cosas de este mundo y a la vez tan cotidianas y simples, cómo un asunto tan aparentemente corpóreo, individual, se viene a convertir en “un secreto de grandeza”.

En efecto, hagamos la posibilidad con el caso del Libertador, y cómo el militar que fue, quien también había sido un hombre de salones, cortes y vida elegante y acomodada, vaya, un hacendado de alta estirpe familiar, podía ser capaz de decirle a algunos de sus hombres, incluso, a dos o tres de sus más aguerridos lanceros, en el mismo medio de la guerra y durante una marcha de avanzada, “Tengo cólicos, señores, carajo, me duele el estómago, espérenme un momento”, y bajarse del caballo, internarse en la espesura, entre los matorrales, defecar una diarrea inmensa, una diarrea del tamaño de todos sus miedos, de toda la responsabilidad que cargaba sobre sus hombros y en su mente…

Texto perteneciente al libro “Los artificios del fuego”, que Neo Club Ediciones publicará este otoño en su colección Narrativa.

¿Y es que entonces esa caca iba a ser grandiosa porque eran los excrementos del Libertador? Pues no, no señor, ni pensarlo, en realidad era pura caca, pura mierda, aunque tuviera que ver con la libertad y hasta con el autoritarismo que le achacaban, cuando menos digamos una mierda ¿libertaria o autoritaria?, con una peste de ácido sulfúrico que metía miedo, y de seguro, lo más que pudo hacer el Libertador fue decirle a sus hombres: “Por favor, perdónenme que detenga la marcha pero me vuelven los cólicos, no me siento bien, cúbranme para poder tener un momento de paz y de sosiego”, y correr entonces zafándose el cinto y meterse de nuevo entre la maleza, bajarse los pantalones, dar de cuerpo (bueno, defecar) y usar hojas de plátano para limpiarse el ano… Ah, pero eso sí, notan dos lanceros, según uno le dice al otro que ve que tiene los huevos igualitos a los de los demás soldados, se fijan; pero otros dos, que están más cerca, porque le cuidan la retaguardia, logran verle de refilón y se ríen, y dicen por lo bajo: “Oye, vale, te fijaste, el general tiene el pito chiquito, qué bárbaro”, señaló el uno; “sí, pero no se te ocurra contárselo a los demás”, contestó el otro; “no, qué va, ¿quién se atreve a eso?, si lo tiene grande”, comenta de nuevo el uno; “no, no creo lo que veo, qué más da”, dice el otro, y así se miran y sonríen como cómplices de algo que desde ese momento se convierte en un secreto de grandeza, como de voces. Y es cuando el Libertador se levanta, y expresa rotundo “Ya  terminé, muchachos, ya me siento bien”, y se pone los pantalones, monta su caballo, saca el sable y con un grito estremecedor da la orden de ataque.

Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

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