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Una doctrina de la imbecilidad

Una doctrina de la imbecilidad

noviembre 15
17:06 2012

0_antipoeticaHoy en los pasillos del arte abundan tantos falsos poetas como Poetas. Muchos de los primeros, que se encaraman en rigurosos trabajos de estilo y fonética, tienden a confundir o a pasarle gato por liebre a la comunidad literaria presentándole acabados festines, mercancías lujosas, cajas de tabaco en textos entre cuyas marejadas ni siquiera se puede sacar una pizca de sensibilidad poética. Estos estafadores mimosos, estrafalarios sinsontes, dragones con cabeza de palo, se pasean como lo que son: magos convictos y confesos de la habilidad, la astucia y la estratagema. Sin que nos demos cuenta, nos transforman el “eco en voz”.

Se enfocan disciplinadamente en cómo llegar a sostener, a ensamblar de las maneras más sutiles, la balanza del lenguaje (cierta  escritura) en una suerte de proporción matemática entre los fonemas (los sonidos) y el estilo (los recursos expresivos del lenguaje). Es la suma de estas dos entidades en un aparente todo escriturario lo que producen los textos que Nietzsche denominó en su momento “la doctrina textual de la imbecilidad”. Muchos poetas contemporáneos, sobre todo los que proceden de la tradición de la metatranca, usan esta suerte de sumatoria lingüística para producir versos y poemas. Son imbéciles doctrinarios que, como decía Nietzsche, se arrodillan ante la palabrería, peones de una escritura “poética” desinteresada de la humanidad y la vida.

Nietzsche, que fue un obsesivo estudioso del lenguaje, la fonética y el estilo, dice en un lugar de su  obra que el arte de crear y escribir no puede resultar nunca un fin en sí mismo. Renunció a la  exégesis de la lingüística no porque la viera fuera de lugar como disciplina científica, sino porque le restaba conciencia, libertad expresiva. Nietzsche era del criterio que la finalidad de cualquier texto poético/ filosófico no estribaba en su lógica-racional, ni siquiera en su belleza literaria, sino en su capacidad para transformar la conciencia del hombre en Superhombre. Más que una lingüística de las palabras, debería existir un impulso poético de las palabras.

Por supuesto, estos “brillantes” poetas saltarines, porque de una manera u otra están relacionados, identificados, con la especialidad de la lingüística, padecen el síndrome de la “filologitis”. Van estableciendo a lo largo de un verso la simultaneidad fonética y estilística del texto. A esto lo llamo, porque no tengo otra expresión mejor, “porquería lingüística”. Una que en el fondo no dice nada acerca del estado y la sensibilidad poética del autor. Versos escritos para muertos, para ser cantados en los cementerios.

Si en muchos de estos poemas nos abstraemos de esa suerte de conjuradora fonética, si estudiamos  los versos palabra por palabra, ¿qué queda? Un inmenso vacío ocupado por la razón lingüística, un mecanismo artificial ensamblado por la mente. Palabras, palabras, palabras sin ningún sentido existencial y humano.  Una palabra da origen a la otra y ésta a la nada.  Cuando el lenguaje desemboca en una incursión fonética o estilística en sí misma, pierde su valor vital.

Son filólogos de la poesía. Nada les inspira a cantar desde el fondo del ser.

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