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Una entrevista con Jorge Luis Borges

Una entrevista con Jorge Luis Borges

Una entrevista con Jorge Luis Borges
junio 14
05:00 2011

Pasó por Madrid Jorge Luis Borges. Durante una escasa semana el mundo intelectual español se sometió al influjo esotérico del argentino. Borges es como sus cuentos: misterioso, todo inteligencia, exacto. Media docena de narraciones prodigiosas le han bastado para alzarse con la monarquía literaria de nuestra lengua.

Esencia y no fárrago, como quería Gracián en su obra. Por muchos años Borges ha sido centro de una feroz polémica. La izquierda no le perdona que no sea antiyanqui, ni antijudío, ni que condene las dictaduras comunistas. La derecha, especialmente la de su país, le censura su firme oposición al fascismo de los peronistas. Las generaciones posteriores inútilmente le han regateado mérito: la prosa de Borges sigue gozando de un colosal atractivo para los jóvenes.

La sala de conferencias donde dio sus dos charlas madrileñas estaba abarrotada de jóvenes. Hubo que conectar altavoces en los pasillos cercanos y en el zaguán. Centenares de personas oyeron sus palabras acuclilladas en los rincones, sentadas en las escaleras y en los marcos de las ventanas. Muchos escucharon su voz, pero no lo vieron por culpa del gentío. (A fin de cuentas es ésa justamente la manera que Borges tiene de percibir a los hombres.)

Borges es ciego desde hace muchos años. Ciego como Homero o como el Galdós de los últimos tiempos. Tal vez el intelectualismo de Borges deba algo a esa ausencia de visión. Las obsesiones de Borges han sido el tiempo, el misterio de la existencia humana, el destino. Borges ve las cosas por dentro. Mira en las profundidades de los hombres. La superficie, que no alcanza a distinguir, poco le interesa. Pero allí, en el interior, en esa mágica dimensión de la inteligencia, obra exclusiva y absurda del hombre, tiene Borges sus dominios. Se ha pasado una vida descubriendo para sus lectores las selvas de paradojas que hay en ese mundo; los parajes de ironías, los ríos y montañas de la imaginación de un Berkeley o de las sagas nórdicas. Borges desdeña la intrascendencia. O más bien la ignora porque carece de dimensión literaria.

Las dos conferencias -una dedicada a su poesía, la otra a su prosa- han cautivado al auditorio. El medio literario español, dado a la pose y a la vanidad, se ha conmovido con la palabra cálida del argentino. Borges se ha burlado de su propia obra, mientras contaba, con la mayor sencillez, mil anécdotas relacionadas con el proceso creativo. Luego, en el Colegio Argentino, accedió a la entrevista con resignada benevolencia y corto preámbulo: un apretón de manos. Borges tiene las manos blandas, como hervidas, y por alguna misteriosa razón les ha comunicado la inexpresividad de sus ojos.

-En su madurez, Borges, después de tantos años de creación, ¿no teme repetirse?

-En cuanto a su primera afirmación, le diré que es inexacta. Yo no sé qué es eso de la madurez. Frente a cada verso, frente a cada párrafo, siento la perplejidad del escritor primerizo.

En cuanto a la segunda, por supuesto que me repito: William Morris creía que la humanidad ya había descubierto los temas esenciales y que su misión – la misión del cuentista- era recrear esos cuentos. Allí estaban las pasiones esenciales. En su libro El paraíso terrenal no hay un solo tema que previamente no se encontrara en las fuentes clásicas.

-Si se viera obligado a escoger sus mejores cuentos, ¿cuáles seleccionaría?

-Eso no es tarea fácil para el propio autor, pero creo que «El sur», «La intrusa», «El Aleph» y «La búsqueda de Averroes» son cuentos aceptables.

-Yo añadiría -interrumpo– “El jardín de los senderos que se bifurcan» y «Funes el memorioso».

-«El Jardín de los senderos que se bifurcan», no. Eso es una especie de cuento policiaco-metafísico. «Funes el memorioso», sí. Ese cuento es una metáfora del insomnio. Lo escribí recreando unas terribles temporadas de insomnio en que por las noches, para buscar el sueño, me agotaba ejercitando la memoria en las más increíbles cosas. El protagonista del cuento es un compadrito, pero el nombre se lo di por Dean Funes, un antepasado mío que, según Sarmiento, murió aspirando el olor de una rosa, dato que no me consta, pero que en todo caso puede ser cierto durante este corto diálogo nuestro, la que justificaría la grata intención de Sarmiento. Yo saludo a mis muertos utilizando sus nombres en las ficciones.

-¿Ha sido muy dura la ceguera?

-Sí, especialmente en algunos momentos ha sido terrible. Especialmente cuando la Revolución libertadora del 55 me hizo director de la Biblioteca Nacional. Escribí entonces el «Poema de los dones», en una de cuyas estrofas confieso la paradoja:

Nadie rebaje al ánimo reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que son magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
Yo que me figuraba el paraíso
bajo la especie de una biblioteca.
Esta vasta y honda biblioteca ciega. . .

Además, la ceguera me ha impedido conocer a fondo a mis contemporáneos.

-Y bien, Borges, de los que conoce, ¿qué opina?

-Neruda es un buen poeta. Otros, de igual fama, me parecen decididamente mediocres. Cuando conocí a Asturias me dijo: «Yo soy un indio». Yo le contesté: pero el concepto de indio es un invento europeo. Si usted es indio, ¿por qué publica libros y no quipus? No use el idioma de los enemigos de los indios. Usted no está vestido como indio. Cuando era niño «I used to play an indian», pero a nuestra edad es pueril. Yo, claro, no soy partidario de los indios. Esto me ha traído bastantes problemas. Especialmente en Estados Unidos. En Estados Unidos se espera que uno sea partidario de los indios, que hable mal del país y que sea comunista. Cuando me niego a esas tonterías, a veces defraudo a los que me escuchan. Mi abuelo tomó parte en la conquista del Sur. Aquello fue una lucha sangrienta con los indios. Ascasubi, el poeta gauchesco, relata en sus versos anécdotas tremendas:

«Con un puñal bien templado y afilado
que se llama el “quitapenas”
le cortamos las venas del pescuezo» . . .

Figúrese usted: el «quitapenas». Cada batallón tenía un degollador oficial con su «quitapenas». Los indios lanceaban y los blancos degollaban. Los indios «papas» eran bárbaros, no podían contar más allá del cuatro. Pero eran mejores jinetes. Había una relación de amistad entre el caballo v el indio. A veces el caballo vivía en la tienda del amo.

La literatura gauchesca es rica en todas estas historias. Ricardo Rojas, equivocadamente, creía que era obra de los payadores, aquella especie de juglares criollos populares, pero en realidad es obra de hombres cultos de la ciudad. José Hernández, el autor de Martín Fierro, no conoció bien el gauchaje. Los payadores, quizás para disfrazar su talante de hombres incultos del pueblo, buscaban temas altisonantes y profundos. Recuerdo una estrofa de la «Milonga de Arnold», escrita en la cárcel de la Tierra del Fuego, que si bien es obra de un payador, poco tiene que ver con la poesía gauchesca:

La muerte es vida vivida
la vida es muerte que viene
la vida no es otra cosa
que muerte que anda luciendo.

Se entusiasma Borges con el tema de la literatura argentina. Hablaría horas de un tema que le resulta tan grato, pero Hugo Caballero, el joven poeta argentino que le sirve de lazarillo en estos días madrileños, me avisa que afuera esperan su turno corresponsales de medio mundo. Por última vez acaso, aprieto las manos del Maestro.

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Una primera versión de esta entrevista aparece en el libro “De la literatura considerada como una forma de urticaria” (1980). http://www.elblogdemontaner.com/

Sobre el autor

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner ( La Habana, 1943). Escritor y periodista. Ha publicado alrededor de treinta libros, varios traducidos al inglés, el portugués, el ruso y el italiano, entre ellos las novelas "La mujer del coronel", "Otra vez adiós" y "Tiempo de canallas". La revista Poder lo ha calificado como uno de los columnistas más importantes en lengua española, y en 2012 Foreign Policy lo eligió como uno de los 50 intelectuales más influyentes de Iberoamérica. Reside entre Madrid y Miami.

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