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Una habanera para la ausencia

Una habanera para la ausencia

Una habanera para la ausencia
mayo 23
03:00 2014

Una creía que sí y otra creía que no. Eran apenas dos partes ínfimas de ella, dos extremos que siempre estaban muy lejos y que, para poder mirarse de frente, recorrían el círculo que era ella. Siempre sobre la línea curva del semicírculo que correspondía a cada una.

Ella no las entendía. Se mantenían casi la espalda de una contra la de la otra, de modo que habría sido tan simple volverse. Eran sus extremos y por esa razón estaban lejos y cerca a la vez, como una serpiente que se mordiera la cola.

Mientras ella escuchaba la habanera y deseaba hasta las lágrimas bailar con él, mientras pensaba en estos primeros síntomas: frío en la boca del estómago, ansiedad injustificada y un peso enorme en los párpados que casi obliga a cerrar los ojos; empezaba a tener claro que solo quería bailar esta habanera con él. Y luego que fueran otra vez estas dos ciudades distantes y el mar por medio.

Mientras, la que sí, empezó a moverse hacia el punto en el que podía ayudar para hacer que ella tuviera ese momento, su baile, su habanera. La que no, se movió en sentido contrario en su lado del círculo.

Ella oyó los compases y puso la cabeza sobre su hombro, la mejilla muy cerca de la curva de su cuello, y sintió cómo el aliento rebotaba hacia su nariz cuando expiraba.

La que no, se detuvo un momento y negó con la cabeza, moviéndola de un lado hacia otro. No bailas con él, sino con su ausencia, dijo, y ella comprendió que era demasiado frío aquel cuerpo para ser el de él.

La que sí, se detuvo también. Sonrió. Es su ausencia. La de él. Algo de él tendrá seguramente. Si lo usas con buen juicio podrás bailar con él, con todo eso de él que hay en su ausencia, dijo. Y sin dejar de sonreír, la que sí, siguió caminando.

Ella volvió a apoyar la cabeza en su hombro. Esta vez los labios muy cerca del cuello, bajo la oreja y dijo su nombre y lo repitió. Marcó el compás y lo que seguía, según su opinión, era fundirse con el cuerpo de él.

La que no, echó de nuevo a andar. No te confundas, dijo. ¿Oyes ese rumor de olas? No es la habanera de los ojos cerrados, no, no, no. Es el mar, todo el mar del mundo que te separa de él. Es su ausencia. Y se encogió de hombros, como si lo sintiera, para rematar.

Ella le miró bien y se preguntó qué hacía. Todo este vacío no podía ser él. Toda esta necesidad que no se resuelve, no podía ser él.

La que sí, intervino diciendo que siempre antes de que algo o alguien esté, en su sitio ha estado el vacío, la ausencia, la necesidad de ese algo o alguien. Que esta ausencia era la antesala de su presencia y que en ella, ya estaba él.

Las manos de la ausencia de él se hicieron manos de él, recorriendo su espalda, asiéndole como si pudiera irse, como si ella pudiera querer irse.

La que no, llevó ambos brazos hacia atrás, los balanceó y, poco a poco, terminó por entrelazar los dedos de ambas manos a la espalda. Caminaba inclinada hacia delante y preguntó si sabía que se estaba engañando, que no era posible convertir la ausencia de alguien en ese alguien y menos bailar con él una habanera. La que no, apuró un poco el paso sobre la línea curva de su parte del círculo, y cuando parecía que no diría nada más, agregó: si bailas con alguien, antes o después le miras a los ojos. Prueba a ver qué pasa. La que no, se supo fuerte cuando ella buscó los ojos de él y encontró los negros pozos que la ausencia tenía por ojos, que no miraban ni se podían mirar, porque eran hondos, hondos…

La que sí, dijo: no hay habaneras infinitas, pero cada habanera necesita ser bailada, aunque tenga final. Cada quien necesita saber que puede llenar la ausencia de quien elige para bailar, y si lo consigue una vez, tendrá la certeza de que es posible hacerlo otra vez y otra.

La que sí, se había detenido y se agachó a recoger algo. Cuando se levantó, tenía una flor extraña y olorosa en la mano. ¿Te acuerdas de sus ojos o los has olvidado? La que sí, canturreó parte de la habanera y se acercó la flor al cuerpo. El largo tallo le recorría desde el pecho hasta el vientre. Hizo como si le abrazara y bailó.

Ella pensó en sus ojos. Sacó sus ojos de un recuerdo exclusivo, apabullante, la primera vez que él le enseñó sus ojos. Los ojos de la ausencia se llenaron de un azul impasible, cándido, y dejaron de ser los ojos de la ausencia de golpe. Ella se balanceó un poco. Tuvo clara conciencia de él, del abrazo en el que estaban. Casi no había ausencia de él. La ausencia se estaba convirtiendo en él. La que no, volvió a apurar el paso y por primera vez le habló a la que sí. ¿Por qué le engañas?, dijo. ¿Cuando acabe esta habanera, qué le quedará de él?

La que sí, no contestó. Giró sobre sí misma y bailoteó esperpénticamente. Que le quiten lo bailao, susurró.

Ella empezó a tener miedo de que terminara la habanera y la ausencia de él se hiciera tan enorme que se la tragara, y la dejara sin ella misma. Se sentía pequeña e insegura, aunque él seguía allí, abrazándola, respondiendo con el nombre de ella cuando ella decía el de él, siempre marcando el compás.

La que no, volvió a la carga y le habló a ella: te va a costar un poco recomponerte. ¿Vale la pena ese desgaste por estos cinco minutos y cincuenta y nueve segundos de habanera? Y luego le habló a la que sí, que ahora estaba casi frente a ella: eres lo peor. ¿Sabes lo que son falsas esperanzas?

La que sí, dejó de bailotear y se le encaró: ¿y tú, sabes lo que es esperanza? Y se contestó: desde luego no sabes.

La que no, se inquietó. No hay habaneras infinitas, dijo, y esta acabará. Lo sé.

La que sí, dijo: no hay habaneras infinitas, pero cada habanera necesita ser bailada, aunque tenga final. Cada quien necesita saber que puede llenar la ausencia de quien elige para bailar, y si lo consigue una vez, tendrá la certeza de que es posible hacerlo otra vez y otra. La que sí, le dio la espalda a la que no, y emprendió el camino de regreso, pero aún dijo: dentro de poco acabará la habanera y ella estará solísima, pero yo estaré donde debo y habré hecho mi trabajo.

La que no, movió otra vez la cabeza de un lado a otro, negando. Menudo trabajo el tuyo, respondió. Hay que verla. Casi puedo entender que esté tan loca. Concluyó refiriéndose a ella y emprendió también el camino de regreso, esta vez de prisa, sin detenerse, esperando llegar primero que la que sí, que ya le llevaba alguna ventaja.

Ella les había perdido de vista a ambas. Había una habanera cursi, intensa, que bailar, y él le abrazaba, le confirmaba la desaparición total de su ausencia. Le acompañaba sin medidas.

Sobre el autor

Sonia Díaz Corrales

Sonia Díaz Corrales

Sonia Díaz Corrales (Cabaiguán, 1964) es poeta y narradora. Ha publicado, entre otros libros, los poemarios “Diario del Grumete” (poesía 1996 y 1997) y “Noticias del olvido” (2011), y la novela “El hombre del vitral” (2010). Ha recibido, entre otros, el Premio de Poesía América Bobia (1982, Matanzas), y el Bustarviejo (1993, Madrid). En 1998 dejó Cuba y poco después se radicó en Canarias, España.

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