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Una lección del alma

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Una lección del alma

Una lección del alma
abril 19
23:33 2017

 

De particular importancia -aunque no recibiera la repercusión que merecía en los medios de prensa- resultó la última serie de conferencias sobre cultura cubana que tuvo lugar hace pocos días en la Universidad de Miami. Una nueva oportunidad, en suma, para constatar las falsedades de quienes insisten en reducir esta ciudad a simple foco de intolerancias politiqueras y de frivolidades negadoras de nuestros valores, a pesar de la contribución, decisiva para la defensa y aun para la supervivencia de lo cubano genuino, que han desplegado desde aquí los exiliados y emigrantes de la Isla durante casi seis décadas.

En lo personal, encontré de muy grato interés el tratamiento que Michelle González, profesora de estudios religiosos, dispensó en su conferencia a la Virgen de la Caridad del Cobre, partiendo de la narración de una experiencia familiar que le dio pie para abundar en su rico carácter sincrético, en tanto representación católica como Patrona de Cuba y deidad de la Santería Cubana como Oshún. Pero no sólo. También ahondó González en el valor de la fe y en la trascendencia de las fuerzas del espíritu, que suelen actuar como tablas salvadoras sobre mar revuelto, tal como ha sido el caso de nuestras últimas generaciones.

“La Ermita de la Caridad es el epicentro de la identidad cubana en Miami”, afirmó Michelle González, para añadir después: “La Caridad nos enseña sobre el poder de los símbolos religiosos, porque cuando nos enfrentamos a la persecución buscamos maneras para salvar nuestras creencias”. Santa palabra, dirían los abuelos de Cuba y de Miami, porque justamente de eso se trata.

Ermita de Miami

Ermita de la Caridad de Miami (parqueo)

Nada parece contener un mensaje más sugerente para nuestra gente de las dos orillas que esa frágil embarcación que navega desafiando el mal tiempo bajo la protección de la Caridad del Cobre. Es algo que no sólo sirve como motivo de esperanza. También extiende una lección histórica, al indicar que no son los gobernantes ni los poderosos quienes determinan el real alcance de un símbolo, por más que se empeñen. Pues éstos no se rigen por leyes, ni dictados, ni estrategias, ni planes de conquista. Son muros infranqueables que se levantan solos en el alma de las personas y contra los que todo poder material es inútil.

Nuestra Cachita ejemplifica esa lección. Primero, debió resistirse al modelo impuesto a fuego y látigo por los conquistadores españoles. Después, tuvo que enfrentar el ninguneo racista y los prejuicios de clase que impusieron su fécula nociva durante la época republicana. Al punto que aunque su imagen, en forma sincrética, era adorada desde hacía más de trescientos años, la primera fiesta pública de celebración de Ochún tuvo lugar en Cuba en el año 1936, según Fernando Ortiz. Luego, para colmo, los revolucionarios de Fidel Castro, una vez que se habían valido de su halo para conquistar las simpatías populares, quisieron hacerla desaparecer, olvidando que el signo de su trascendencia no radicaba en las estampitas, ni en los altares, sino en el alma de millones de creyentes.

Aunque en verdad no fue poco lo que consiguió el fidelismo al desconocerla durante decenios como Patrona de Cuba y al proscribir en la práctica su adoración.

Algún día la historiografía nacional, liberada al fin de ataduras dictatoriales, quizá se plantee la necesidad de establecer hasta qué punto ese atropello de la más representativa inspiración espiritual de los cubanos incidió en la fractura de la unidad nacional, en la separación de las familias, en la adopción del miedo y la desesperanza y en las derivas de la conducta indecorosa como nuevos signos de nuestra identidad. La Caridad del Cobre nos hizo mucha falta.

La suya fue una ausencia por la que el Papa y sus nuncios difícilmente podrán recompensarnos. Toda vez que en su propia casa, la iglesia católica cubana, algunos de sus más encumbrados representantes pactaron con los mismos que la anulaban. Fue como si Jesús, en vez de arrojar a los mercaderes del templo, les rentara tarima para compartir con ellos las ganancias. Pero la historia es testadura. Y con ella, los símbolos populares, que son su expresión viva.

La Caridad del Cobre, Cachita, mestiza y sincrética a pesar de los pesares, ha sido llevada finalmente a los muy exclusivos Jardines del Vaticano. Mientras, más de medio siglo de ateísmo impuesto por el poder político, si bien dejaron sus secuelas, como todo atropello a los más elementales derechos de las personas, no han conseguido no ya erradicar, ni reducir siquiera la innata tendencia de los espíritus crédulos a mirar hacia arriba en procura del divino socorro.

Y desde allá arriba, no es la imagen del Papa, o la de Fidel Castro, ni la del Che o Marx o Lenin las que por suerte guían hoy al pueblo cubano. Es la de Cachita, esforzándose por evitar que naufrague en medio de la tormenta y sin otro suelo más sólido para pisar que el de una isla que va como su bote, a la deriva.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Premio de Narrativa 'Reinaldo Arenas' 2017, tiene 17 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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