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Una mirada escéptica a la globalización

Una mirada escéptica a la globalización

Una mirada escéptica a la globalización
Junio 06
20:33 2015

El número de libros que se ha publicado acerca de la globalización postmoderna, y su impacto sobre las diferentes regiones del mundo, ha crecido tremendamente durante los últimos 20 años.  Explore los anaqueles de cualquier librería conocida alrededor del mundo y encontrará cientos de ellos, con secciones enteras dedicadas a la globalización dentro de los campos de las ciencias políticas, la sociología, la geografía, la economía, estudios sobre los medios de difusión masiva, administración de empresas, etc.  En un artículo anterior presentamos “Una visión optimista de la globalización”, cuyo argumento se encuentra más a tono con nuestro punto de vista.  El que subscribe, está de acuerdo con el análisis de aquellos expertos, quienes aseguran que la nueva estructura global, tiende a reducir las disparidades económicas entre individuos y regiones, lejos de acrecentarlas.  Asimismo, la perspectiva optimista plantea que la interdependencia político-económica de las diversas regiones, benéficamente, proporciona intereses compartidos que ayudan a disminuir los conflictos, a impulsar el mutuo apoyo de los valores comunes, además de expandir la cooperación entre los países para combatir los males que aquejan a la comunidad global.  No obstante, el presente artículo pretende esculpir, de manera objetiva, la visión contraria a la optimista.

Como nota significativa, es justo mencionar que ambas perspectivas cuentan con evidencias de peso para respaldar sus respectivos argumentos.  La visión escéptica de la globalización asegura que las diferencias entre clases sociales dentro de cada nación continuarán aumentando, así como las disparidades económicas entre las naciones del primer mundo y las periféricas.  Igualmente, el enfoque de la presente propuesta diserta sobre cómo la creciente interdependencia entre lugares y regiones ha traído consigo algunas consecuencias aciagas con relación al medio ambiente, la salud y la seguridad internacional.

Aunque la globalización ha incorporado a la mayor parte de los países al sistema capitalista mundial, se han intensificado las diferencias económicas entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado.  Según el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas, las distancias entre la quinta parte más pobre de la población mundial y la quinta parte más acaudalada, aumentaron exponencialmente entre los años 1965 y 2005.  El producto interno bruto (PIB) de los 20 países más prósperos del mundo es hoy en día 40 veces más elevado que el de los 20 países más pobres.  Algunas naciones de la periferia han sido desplazadas, inclusive, del mapa económico global, de acuerdo con este punto de vista.  En 55 países de África, la economía se desplomó por un tercio durante los años ochenta y mantuvo indicadores muy bajos durante los noventa; por ende, el nivel de vida promedio en este momento es más bajo que a comienzos de los años sesenta.  Por otra parte, la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo, una asociación de 30 países industrializados que cuenta con el diecinueve por ciento de la población global, controla más del 75 porciento del comercio de bienes y servicios y consume el 86 por ciento de las riquezas materiales del orbe.  Más de 850 millones de personas padecen de desnutrición y hambre permanente en el planeta, incluyendo más de 140 millones en la India, 220 millones en China (nota para los que abogan por el capitalismo de Estado en Cuba) y 200 millones en el continente negro.  Las enormes diferencias enumeradas (entre otras) han llevado a muchas personas a cuestionar la igualdad de las consecuencias geográficas de la globalización.  Según el prisma escéptico de la globalización postmoderna, los humanos no solo han creado más desigualdades sociales entre regiones, sino que han alterado el balance de la naturaleza en virtud de la prosperidad económica de algunas áreas; al mismo tiempo, han introducido disyuntivas medioambientales en otras.

Por ejemplo, la tala de bosques y selvas, cuya finalidad  radica en la promoción del desarrollo urbano, minero y agrícola, provee viviendas para algunos, mas altera los sistemas físicos y transforma las poblaciones humanas, la vida silvestre y la vegetación.  Algunos de los inevitables efectos secundarios de estas prácticas toman forma en grandes depósitos de basura, así como en la contaminación del aire y del agua.  Asimismo, ciertos científicos afirman la presencia de un cambio climático significativo producto de las actividades humanas en el planeta.  En concreto, ellos plantean que la quema de combustibles fósiles, la agricultura y la deforestación causan emisiones de dióxido de carbono y otros gases, los cuales producen el llamado “efecto de invernadero”. Esas emisiones han ejercido una profunda implicación en la calidad del medio ambiente.  Estos científicos aseguran que sin una acción consciente y concertada que conlleve a la reducción de las emisiones de los susodichos gases, el promedio global de la temperatura en la faz de la tierra aumentaría de 1.8 a 4.0 grados Celsius durante el curso de este siglo (un calentamiento global sin precedentes en la historia del planeta).  Se piensa que el calentamiento global que se proyecta para este siglo, acaso traerá consigo serias consecuencias para la humanidad, incluyendo un aumento del nivel del mar de entre 18 y 59 centímetros, cuyos efectos harían peligrar zonas costeras (por ejemplo, la zona donde está situada la ciudad de Miami), y algunas pequeñas islas; además, estos cambios de temperatura pudieran causar una severidad que generaría otros eventos climáticos y atmosféricos impredecibles y destructivos.  Otro problema serio, ocasionado por la creciente intensidad del comercio, y por los extensivos viajes internacionales, es el elevado riesgo y velocidad con que se propagan hoy en día las enfermedades.

Los profesionales de la salud se encuentran ahora mismo preocupados por el hecho de que un nuevo brote del virus de la influenza produzca como resultado una pandemia o peste.  Una pandemia es una epidemia que se esparce rápidamente alrededor del mundo con altas tasas de afección y defunción.  Aunque la gente está expuesta a diferentes tipos de influenza cada año, nuevas variantes se desarrollan varias veces cada siglo.  Debido a que nadie ha tenido la oportunidad de desarrollar defensas inmunológicas ante la nueva gripe, esta se puede propagar rápida y ampliamente a través de los confines de la tierra.  De manera similar, existe una seria preocupación por la posibilidad de que algunos males originados en otras especies sean trasmitidos a los seres humanos no ya en calidad regional, sino global.  Epidemias tales como el ébola, la fiebre del Nilo, etc., pueden propagarse más fácilmente con el fenómeno de la estrecha interconexión e interdependencia global que facilitan los vastos y postmodernos sistemas de transporte global.  Uno de los problemas de salud más significativos de la postmodernidad ha sido la amplia y vertiginosa difusión del virus HIV/AIDS (por sus siglas en inglés), virus de inmunodeficiencia adquirida o síndrome de inmunodeficiencia, cuya propagación alcanzó todas las esquinas del globo raudamente durante los últimos 30 años (no obstante, hoy en día se ha logrado un eficiente control de dicha enfermedad).

El terrorismo internacional se pudiera considerar como otro tipo de epidemia, cuyos funestos efectos se han potencializado, en parte, debido a la magnitud y alcance de la globalización y de su sofisticado acervo de nuevas tecnologías (incluyendo la armamentista), al alcance de todo el que pueda comprarlas.

Mientras que el terrorismo, como tal, posee una larga historia, no ha sido hasta tiempos recientes que los ataques terroristas han adquirido una escala y dimensión global.  Al agredir el World Trade Center de Nueva York (en septiembre 11 del 2001), los terroristas de al-Qaeda pretendían destruir un potente símbolo no meramente del poder económico de Estados Unidos sino, asimismo, de los más preciados valores del capitalismo y materialismo occidental.  Los terroristas concebían una congruencia tangible para atizar un nuevo desorden mundial.  Cuatro años después, en la estación del tren subterráneo de Edgware Road, en Londres, los hombres-bomba de al-Qaeda mataron 49 personas e hirieron a otras 700 durante la hora pico de la mañana del 7 de julio.  Ideaban los líderes de al-Qaeda un estadio anárquico en el medio oriente, y en los países occidentales, donde igualmente gozan de una presencia radical numerosa; desde allí, continúan lanzando una guerra cultural contra Occidente y  reavivan, día a día,  el odio contra los Estados Unidos, el cual no es visto con buenos ojos en muchas latitudes del mundo.  Recientemente, una ola de terrorismo islamista ha inundado Europa, el Estado Islámico se ha fortalecido y ganado formidable cantidad de terreno en el medio oriente gracias, en parte, a la ayuda que recibe de sus colaboradores, los cuales residen principalmente en países occidentales (y quienes contribuyen desde todo punto de vista con el ejército terrorista).  En otras palabras, EI ostenta una presencia global e importantes recursos económicos y humanos en estos precisos instantes; por ende, se yergue como una grave amenaza para la seguridad internacional.

En resumen, la mirada escéptica de la globalización se concentra en la cantidad de peligros potenciales y catastróficos engendrados por el proceso de interconexión.  De este modo, los escépticos creen que enfrentamos en estos momentos un grupo de incontrolables retos, cuyos presuntos resultados invisten repercusión global.  Algunos ejemplos incluyen el cambio climático como resultado de las actividades humanas a una escala global; la venta y diseminación de armamento de destrucción masiva (para guerras nucleares y biológicas); el terrorismo a gran escala; los riesgos de accidentes que provocan radiación o contaminación debido a la radiactividad de combustible o de desperdicios nucleares; el riesgo de epidemias en poblaciones humanas de origen y transmisión animal; el peligro de epidemias en el alimento animal, etc.  El escéptico plantea que la explotación colonial e imperial pasadas se han potencializado en la misma medida en que las regiones y lugares más poderosos del orbe se han visto impelidos a obtener una más barata mano de obra y los recursos de la periferia; asimismo, afirma la visión escéptica, los grandes negocios transnacionales han desplazado las economías y prácticas tradicionales de las regiones periféricas bajo la bandera de la post-modernización.

En lo personal, no estoy en completo desacuerdo con la visión escéptica de la globalización, mas difiero en muchos de sus puntos (sobre todo en su enfoque pesimista).  Si bien han habido desbalances y desaciertos dentro del nuevo sistema de interconexión e interdependencia global, hay muchas más ventajas que desventajas, incluso, para las regiones más atrasadas o periféricas de la tierra. También, la humanidad ha superado total o parcialmente muchos de los riesgos o desbalances que el sistema global presenta.  El hombre posee el elixir, el ingenio para solucionar todos sus problemas, cuyas  balsámicas propiedades yacen en lo recóndito de su ser interno.

Sobre el autor

Pedro Díaz Méndez

Pedro Díaz Méndez

Pedro Díaz Méndez (La Habana, 1966) es un licenciado en Literatura Española. Estudió en Los Angeles Trade Tech, donde recibió el diploma de Asociado en Artes Liberales en 2011, y el premio de honor del presidente de la institución en tres ocasiones. En la universidad jesuita de Loyola Marymount de Los Angeles, obtuvo su B.A. summa cum laude y el premio al académico del año en el programa de español de la susodicha institución. Es miembro de la Sociedad Hispánica de Honor (Sigma Delta Pi). Ha publicado varios ensayos de crítica literaria en la revista La Voz, entre los que se encuentran “Yo y mi otro yo: Manuel Machado y el dandi en El Mal poema” y “Nación y masculinidad en la España de fin de siglo”.

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