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Una Superwoman en la Red

Una Superwoman en la Red

febrero 21
18:57 2011

Anika Lillo, nacida en Valencia en 1968, es lo que por este lado del mar llaman una superwoman. Tremenda mujeronga, vaya. Hace tantas cosas, ha puesto en movimiento continuo tal marejada de literatura y de crítica literaria, que por un momento llegué a pensar que se trataba de varias personas ocultas bajo el sobrenombre de “Anika”.

Pues no, señor: es una sola y de verdad se llama así esta valenciana incansable. Crítica literaria, webmistress, escritora, madre, educadora…Anika mantiene abiertas las puertas rechinantes de La casa de Kruela, de la que he disfrutado especialmente colándome en el subterráneo llamado “Leyendas Urbanas.” Se trata de un espacio en el que los usuarios pueden contribuir, y donde se encuentran historias de todas partes del mundo (España, México, Colombia, Perú…) Mi preferida es una situada justo donde reside Anika, en La Eliana. Si tienen ganas de pegarse un susto, visiten el enlace http://kruela.ciberanika.com/leyen1.htm

Hay mucho, mucho más… Como dice un aviso “Cuidado al entrar, corres el peligro de no salir jamás de sus galerías”.

En cuanto a Anika entre libros, este sitio en la red lleva ¡catorce años online! y cuenta con más de 14.000 visitas diarias. Anika entre libros tiene tantas y tan variadas secciones que llevaría varias páginas describirla en su totalidad, así que mejor los invito a que se lleguen por allí.

Hay una sección de entrevistas donde acabo de leer una interesantísima, hecha por María Dolores García Pastor a Daniel Sánchez Pardos sobre su novela El cuarteto de Whitechapel, donde se mezclan Borges, Jack el destripador, y el once de septiembre. Muy buena la entrevista, aunque eso de que el protagonista coma papel me dejó preocupada porque a veces me pasa…en fin…aquí está la entrevista.

Esto es sólo un bocado pues hay muchísimo que leer, innumerables formas de participar en la red de Anika… Pero, en realidad, ¿quién es Anika? Espero que sus respuestas sirvan para dibujar a quien ha echado a andar todos estos sitios virtuales y los mantiene muy bien puestos en el ciber espacio.

Pero aún hay algo más… Una sorpresa muy especial después de la entrevista. ¡Sigan leyendo!

Teresa Dovalpage: Ante todo, cuéntame un poco sobre ti… ¿Quién está detrás de Ciberanika, Anika Entre Libros, La Casa de Kruela, Anika Cine Magazine y todo ese portentoso conglomerado de información? A veces me cuesta creer que sea una sola persona…tus días deben tener 48 horas…

AniAnika_Lillo_en_La_Sombra_de_Grummka Lillo: Mis días son como los tuyos pero yo los optimizo al máximo porque aprovecho que hago el trabajo desde casa, aunque a veces me gustaría dedicar más tiempo a los míos y menos a la web. El problema es que me gusta hacer las cosas bien y mantener el ritmo de contenidos, y eso requiere muchas horas. Y esta que pasa tantas y tantas horas ante la pantalla es una madre de tres hijos con unas cuantas pasiones, entre ellas la literatura y el terror, de ahí que existan “Anika Entre Libros” y “La Casa de Kruela”. Como todas las madres soy cocinera, limpiadora, enfermera, educadora, psicóloga y no sé cuántas cosas más. Las revistas online son parte de mi vida así que además de todo eso acabé convirtiéndome en webmaster. A mi lado están todos mis colaboradores leyendo y reseñando libros, escribiendo artículos, haciendo entrevistas y participando en lo que pueden y quieren, porque aquí lo hacemos todo gratis. Eso sí, luego tengo que editar todo lo que recibo aparte de mis propios trabajos. Pero somos un equipo grande.

Teresa Dovalpage: Yo diría que son un equipo portentoso para hacer todo eso, contrimás de gratis. Eso es amor a la literatura. Amor del bueno, del de verdad, que no se destiñe… Y hace poco acabas de celebrar el Encuentro Anual Anika entre Libros. ¿Cómo fue? ¿Puedes compartir alguna anécdota en particular?

Anika Lillo: Fue maravilloso y hubo varias sorpresas, incluso entre los asistentes, pero quizás lo que más me emocionó y sorprendió a título personal fueron una serie de grabaciones de amigos colaboradores que habían hecho un vídeo sorpresa especial para mí. Elena hizo un parón en la presentación y dijo la palabra “sorpresa” y algo así como “Anika no lo sabe”. Fue realmente emocionante. Si queréis ver un vídeo de ese fin de semana extraordinario te dejo aquí una dirección en youtube:

Teresa Dovalpage: ¡Esa “Taberna Espectral” es para ponerle los pelos de punta a cualquiera! Me gustó mucho la rifa de libros, luego he podido ver en la red un montón de bitácoras donde los participantes alababan ese gesto y los afortunados ganadores se relamían de gusto, con sus volúmenes en mano. Ahora dime, ¿de qué manera pueden los lectores participar en Ciberanika?

Anika Lillo: De muchas, porque toda la web está enfocada a su participación. Cualquier sección (desde las fichas de libros, entrevistas, gazapos literarios, biografías, biografías de personajes de ficción, etc…) está enfocada a la interactividad. Sólo tienen que enviar lo que quieren que se publique y si tiene la misma calidad que el resto va directa a la revista.

Teresa Dovalpage: Interesantísima está la de “Personajes de ficción”, ¡hay una muy buena sobre Hércules Poirot, con un detalle sorprendente! Y en cuanto a los autores, ¿existe algún servicio especial para ellos, sobre cómo publicar cuentos, poesías, fragmentos de novela en tu espacio?

Anika Lillo: Hace muchos años dediqué un espacio para eso, pero la web se hizo titánica y el servidor me cobra por espacio y por consumo de ancho de banda, de modo que tuve que dejar de cargarla con archivos que no formaran parte de las actualizaciones normales. Hoy pongo los enlaces a los pdfs en urls ajenas porque no puedo permitirme gastarme más de lo que me gasto. Piensa que siempre lo he pagado todo de mi bolsillo. Si me pasan las direcciones www de los pdfs los sigo poniendo, pero los archivos ya no.

Lo que sí tengo como algo especial son la sección de enlaces (sólo enlazo a autores porque así van a la web que quieren directamente) y las páginas de Autores Destacados, que son escritores que colaboran desinteresadamente con Anika Entre Libros.

Teresa Dovalpage: Y esos autores te están, esto es, te estamos, muy agradecidos por la promoción que nos das.

Ahora, Anika es editora, directora de un sinfín de revistas…y escritora también, ¿me comentas sobre esta faceta tuya?

Anika Lillo: Escribo desde niña, pero siendo adolescente envié un manuscrito (que hoy rompería en pedazos) casi más en plan broma que otra cosa. La sorpresa fue recibir una carta de una editorial grande pidiéndome más manuscritos y advirtiéndome que tenía talento pero que en esa novela aún se me veía muy joven. Tenía dieciséis años si no recuerdo mal. Me entró miedo, preferí seguir siendo adolescente y no lo hice, no envié nunca nada más. Sin embargo, con los años seguí escribiendo para mí, y leyendo muchísimo, así que perfeccioné un poco mi escritura. La verdad es que sólo escribo cuando me lo piden directamente para publicar en algún sitio porque de lo contrario no puedo dedicarle tiempo. Como curiosidad decir que uno de los relatos que me pidieron está publicado en un libro en Argentina, y que lo último que he hecho ha sido un epílogo reflexivo para una novela (“Diario de una adolescente del futuro”, de Javier Cosnava y Eva Rubio) en el que todo el mundo coincide que esas reflexiones son las que hacen que te reconcilies con la propia novela y entiendas de otra forma su contenido. Estoy especialmente contenta de ese trabajo.

Teresa Dovalpage: Pues los autores Cosnava y Rubio seguro que quedaron encantados, y contentísimos también. Porque, sus seguidores ya lo habrán notado, Anika tiene estilo y suma gracia para escribir. Leyendo sus posts, especialmente los de Kruela, no podía evitar el pensar: tiene madera de escritora. Muy frescamente le pregunté si había terminado algo de ficción, y ella ha tenido la amabilidad de compartir este texto que se publicó por primera vez en América como parte del volumen Otras miradas (Ediciones IMFC, Argentina). Después de leerlo, me permití recomendarle a Anika que se dedicara de lleno a la ficción. ¿No creen ustedes?

Otro abrazo de mamá

Sólo salía por el agujero de la pared dos veces al día aproximadamente, por la tarde y cuando la noche ya estaba cerrada: eran los momentos en los que el contenedor verde de basura se llenaba con los desperdicios del restaurante de la esquina de su callejón. Procuraba que el resto del día no le viese nadie, mamá le había enseñado que había que protegerse de la repatriación, pero como él no lo entendió, se lo dijo de otra forma: “no volver a la guerra que sufrimos en nuestra tierra”. Para ello habían hecho un viaje muy difícil y angustioso, y mamá incluso había caminado llevándolo en sus caderas con los pies sangrantes. Él veía su sacrificio pero no lo entendía del todo bien. ¿No sería más fácil coger un avión? ¿un barco? No entendía de papeles, de repatriaciones, de estancias ilegales. De todas formas había aprendido ya muchas cosas desde que estaban en ese país de gente blanca. Mamá era muy lista y él, ahora, podía comer y sobrevivir.

Cuando salía a por comida lo hacía con mucho sigilo. Sabía que el contenedor de obra que parecía olvidado frente al agujero por el que entraba y salía del local vacío llevaba mucho tiempo allí, era amarillo, grande, y contenía maderas, hierros, cables y otras cosas similares. Aquel enorme armatoste le venía bien, y mamá fue muy lista al hacer el agujero justo detrás. Les proporcionaba intimidad y seguridad. Dentro de aquel hogar provisional no había nada, sólo polvo, un suelo sin cubrir, únicamente cemento y pilares, algunas hojas que se habían colado con el aire y los pocos objetos que traían.

Una noche salió un poco antes porque necesitaba respirar aire puro, y decidió agacharse tras el contenedor de obra a la espera de que el chico del restaurante tirara los restos de aquellas cenas sobrantes y productos naturales con mal aspecto. Se dio cuenta de que él también tenía el mismo color de su piel y sintió, por un momento, una extraña sensación de alegría que hacía tiempo no experimentaba. Eso le hizo bajar la guardia y se acercó al joven.

– ¿De dónde sales?

El niño no le entendió. Intentó explicarle su situación, necesitaba ayuda, pero el empleado del restaurante tampoco comprendía al pequeño. Venían de distintas tierras, utilizaban distintos lenguajes. A pesar de que el pequeño sonrió no pudo evitar extrañarse ante los gestos del joven que parecían decirle que se marchara.
– ¡No quiero problemas! ¡Lárgate!
Se marchó malhumorado para volver al restaurante y desapareció por la esquina. El pequeño rebuscó entre la comida y se percató de que últimamente cada vez salían menos alimentos. Aquello le intrigaba y la sensación que le proporcionaba esa escasez no era buena.

Volvió a su hogar improvisado.
– Mamá, hoy hay poco que comer.-dijo.
Mamá no contestó. Además, empezaba a oler muy mal y estaba hinchada. El color de su piel estaba cambiando y su aspecto comenzaba a ser distinto.

Aquella noche el niño decidió poner la única manta que tenían por encima de su madre, cubrirla entera, y utilizar él lo que quedaba pero tumbándose encima, rodearse con la manta sobrante, y así evitar que aquel hedor entrara por su nariz con tanta intensidad. Esa noche soñó con su madre: ella se alejaba, caminaba mirándole, marcha atrás, y conforme avanzaba en sentido contrario se hacía más etérea, hasta el punto de desaparecer. Él gritaba y después sólo había oscuridad y su llanto. Se despertó sobresaltado, llorando de verdad. Abrazó él bulto que escondía el cuerpo de su madre y la llamó entre gemidos.

Los días siguientes no fueron muy distintos. La comida no sólo escaseaba en el contenedor si no que, además, un buen día dejó de llegar. No podía soportar la curiosidad y puso más atención. Había algo nuevo en el ambiente: silencio. Decidió arriesgarse por la mañana, cuando su estómago ya no podía más y el dolor de cabeza se le hizo insoportable. Salió por el agujero y caminó. Ya no trataba de pasar desapercibido, tenía que salir del callejón y doblar la esquina para saber qué estaba ocurriendo.

Un par de mujeres le vieron acercarse por el callejón.
– ¡Díos mío! ¿Has visto a ese niño? ¿Qué debe tener… cinco años?
– Seis como mucho, pero con esa pinta da una impresión. Está flaco y mugriento. No debe haberse lavado en años.
– Seguro que lo utilizan para pedir limosna.
– Agárrate bien el bolso… por si acaso.
– ¿No estaremos exagerando, Elena? ¿No sería mejor llamar a la policía o a Asuntos Sociales? Igual necesita ayuda.
– Igual.
Continuaron la conversación en su avance pero jamás hicieron esas llamadas.

Era lo que se temía. El restaurante estaba cerrado. Observó más ojos escudriñándole e incluso hubo quien le señaló. El callejón era un sitio seguro de noche, pero salir de él a plena luz del día era una locura. En la calle principal podían verse niños, familias, hombres con maletines, perros, mujeres con bolsas de compra, coches, motos… Allí no estaba seguro, así que corrió a esconderse.

– No sé qué hacer.
Mamá no contestó. Sabía que no lo haría, pero necesitaba a alguien con quien hablar. Además, la única vez que había intentado comunicarse con otra persona había sido con el camarero y aparte de no entenderle, se notaba a leguas que el chico le estaba rechazando de su vida.

Dedicó el resto de la mañana a sumirse en un letargo obligado. No podía salir, era muy arriesgado, la gente le miraba, le señalaba, ponía cara de asombro o de asco, o de pena tal vez, pero no importaba nada de eso porque, como le había dicho mamá, cualquiera de ellos podría conseguir que les devolvieran a la guerra. Mamá le había mostrado, sobre todo, de qué personas y coches ocultarse. Conocía los uniformes porque los había memorizado bien y durante aquellas noches de delirio que siguieron al cierre del restaurante, a su pesadilla con mamá, se había unido una nueva pesadilla con hombres uniformados y contenedores de comida vacíos y llenos de agujeros.

Su contenedor de basura, aquel que le había estado alimentando, ahora apenas se llenaba de cajas con residuos incomprensibles para él que antes solían estar al lado, y no dentro. Buscaba con ansiedad y casi sin fuerzas algo que llevarse a la boca. Comió cartón, pero no le pareció una gran solución; sabía mal y le dolía el estómago cuando lo ingería. Además, sin botellas de agua a medio vaciar su boca y su garganta cada vez se resecaban más, y empezaba a perder fuerzas.

La fiebre comenzó a subirle y las pesadillas, a multiplicarse.

Se abrigó en la manta abrazando a mamá. Se enfadó incluso con ella. ¿Por qué le había traído hasta allí? ¿Por qué ahora ya no le hablaba nunca?

Una mañana abrieron la persiana que les había dado tanta intimidad. Apenas pudo darse cuenta de lo que ocurrió. Escuchaba voces, pero estaban lejanas y le parecía como si tuvieran eco. Tenía frío y su mente vagaba en un mundo irreal de sonidos incomprensibles y visiones oscuras. Notó, eso sí, que hubo mucho movimiento, incluso su cuerpo se movía. No era él. Le habían cogido en brazos. Escuchó sonidos fuertes de sirenas, y ya no pudo oír nada más. Perdió el sentido.

– ¿Cómo te encuentras hoy guapetón?
Tenía que admitir que aquella chica pecosa le trataba bien y era muy simpática, pero no entendía lo que decía.
– ¿Dónde está mi mamá? –preguntaba él.
– Veo que te encuentras mejor. Estupendo, porque creo que dentro de una semana te van a dar el alta y que tu vida va a cambiar a partir de ahora.

Aquella misma noche se escapó y vagó, algo mareado y bastante confundido. Caminó sin saber adónde ir, sabía qué buscaba, pero no si lo encontraría. Una imagen cruzó por su cabeza: los pies sangrantes de mamá. Sus pies también sangrarían hasta encontrar a mamá. Procuraba, a pesar de todo, esconderse entre las sombras. No era consciente de que iba descalzo y con una bata de hospital, pero de su memoria no podía escapar algo muy importante: las enseñanzas de aquella a quien buscaba.

Llegó un momento en que ya no veía bien, el cansancio le pesaba como si llevara a cuestas un mundo, cada uno de sus músculos dolían y ni siquiera su mente era capaz de pensar con un mínimo de raciocinio. Vio algo grande y amarillo al fondo de un callejón y sus pasos se acercaron hasta allí como un imán. Buscó un agujero, pero no lo había, y tampoco podía hacerlo él. Habían reforzado la pared y el pequeño se sentía desfallecido. No importaba, allí, en su callejón, aún olía a mamá.

Nadie le vio hasta cinco días después de haber llegado a su hogar. Aquel callejón no tenía edificios con ventanas en esa dirección, el contenedor de obra seguía agarrado al suelo con toda su pesadez y su cuerpo estaba escondido tras él, donde se había sentido protegido. Soñó varias veces con mamá. El último sueño fue el mejor: empezaba con aquel hedor que había dejado atrás cuando les descubrieron, después bajaba la intensidad del olor hasta desaparecer por completo y un ser etéreo iba cobrando forma y densidad para acabar acercándose a él con los brazos extendidos. Una sonrisa en la cara y el grito de su nombre con aquel tono tan familiar y amado fue lo único que necesitó para echar a correr y unirse con mamá. De aquel sueño jamás despertó. Cuando lo encontraron estaba frío… pero sonreía.

© Anika Lillo, La Eliana, Valencia (España) 25 de enero de 2008

Teresa Dovalpage: Por si se quedaron con la miel en los labios, aquí va otro relato escrito por Anika, esta vez usando la pluma de la escalofriante Kruela, sobre un asesinato (verídico) ocurrido en la región valenciana: http://kruela.ciberanika.com/expe24.htm

Muchas gracias, Anika, por dedicar parte de tu precioso tiempo a responder esta entrevista. ¡Y anímate a escribir ficción, que tienes material pa eso!

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Sobre el autor

Teresa Dovalpage

Teresa Dovalpage

Teresa Dovalpage nació en La Habana y ahora vive en Estados Unidos. Ha publicado siete novelas: “Muerte de un murciano en La Habana” (Anagrama, 2006; finalista del premio Herralde), “La Regenta en La Habana” (Edebé, 2012), “A Girl like Che Guevara” (Soho Press, 2004), “Posesas de La Habana” (PurePlay Press, 2004), “Habanera, A Portrait of a Cuban Family” (Floricanto Press, 2010), “El difunto Fidel”, Premio Rincón de la Victoria 2009 (Renacimiento, 2011), “Orfeo en el Caribe” (Atmósfera Literaria, 2013) y varias colecciones de cuentos. Es profesora de la universidad y periodista.

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