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Una trompetilla, eso es la libertad

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Una trompetilla, eso es la libertad

Una trompetilla, eso es la libertad
septiembre 19
12:03 2016

 

La trompetilla se fue de Cuba. Su ausencia representa para nuestra gente lo mismo que representó la retirada de los cohetes soviéticos para el régimen. De pronto, ya no hubo con qué tirar. Y lo peor es que ocurriera cuando más falta hacía.

Sin ella, ¿qué respuesta le dábamos a esa vieja y picuda pretensión de convertir a la Isla en faro de América Latina? ¿Cómo premiar, si no era a golpe de trompetilla, la monomanía de quienes inflaban (inflan) estadísticas para presentar a ese pobre país con índices del Primer Mundo? ¿Cómo acogíamos, sin su ayuda, un proyecto de Perfeccionamiento Empresarial diseñado para empresas en total bancarrota, sin eficiencia, sin productividad, sin solvencia? ¿Y qué hacer, ya que faltaba la trompetilla, con el discurso apocalíptico, la demagogia patriotera, el dogma, la megalomanía? ¿Era posible resistirse a las ganas de montar dos dedos, llevarlos en cruz hasta la boca y soplar, apretando fuertemente los labios, ante frases como “otro mundo mejor es posible con nuestro socialismo”, “revolución es no mentir nunca”, “este es el pueblo más libre y soberano”, “las nuestras son las prostitutas más cultas” o “Lineamientos para la actualización del modelo socialista”? ¿De qué otra manera reaccionar contra la farfolla de un sistema fundamentalista, esclerosado, encuevado en sí mismo, que ha intentado venderse como opción revolucionaria para el continente? Es lo dicho. Nunca antes en la historia de Cuba nos hizo tanta falta la trompetilla.

Pero se fue. Nadie podría establecer a ciencia cierta la fecha de su partida. Quizá sea porque empezó a irse mucho antes de que su alejamiento fuera al fin notado. Se sabe, eso sí, que había quedado sin empleo en los primeros años de la década de los sesenta, cuando le dieron el silencio como única opción. No por burda, o frívola, o irresponsable, como la calificó Jorge Mañach, sino por otras características mucho más censurables en la Isla y que por suerte también refrenda el ilustre intelectual cubano en su ensayo Indagación del choteo. “No hay gravedad, por imperturbable que sea –dice Mañach- en la que (la trompetilla) no cale siquiera de momento esa estridente rociada de menosprecio”. Pues, por ahí mismo empezaron sus dificultades con el fidelismo.

En la Isla, donde la gente nace con un chiste en la punta de la lengua, el humorismo ha vivido en la picota durante más de medio siglo. La causa radica en la solemnidad, la gravedad y la mala leche que se gastan nuestros jefes. Ellos conforman fuente eterna de inspiración para la jodedera de altura, pero, por eso mismo la proscriben, no les hace gracia su ejercicio, y además le temen.

Es otra de las vertientes en que la identidad nacional, tan socorrida en los discursos, ha sido y es sistemáticamente atropellada, humillada, atrofiada en su fuero interno.

Sería un lugar común ponerse a meter baza a estas fechas en lo que llaman la crisis del humor cubano. Ya todo el mundo sabe que impedirle a un humorista hincar las uñas en cuanto hecho feo, ridículo o grotesco ven sus ojos, es como querer casar a una gallina con un gato para que los huevos ladren. También es de sobra conocido que en la Isla la inmensa mayoría de los hechos feos, ridículos, grotescos, están relacionados con las acciones del gobierno, con su estructura administrativa, o con su ideario cavernícola, temas todos que constituyen tabú para el humor. De ahí el fracaso de cuanto proyecto humorístico emprendiera la televisión y otros medios en muy largos años. Si lo que más se disfruta no puede ser disfrutado, entonces no hay disfrute que valga un centavo porque lo que resta para disfrutar no es disfrutable, diría Cantinflas.

Sin embargo, tal vez no resulte totalmente justo hablar en presente sobre crisis, si es que se aplica este concepto en los términos del diccionario, a saber, como “momento decisivo y peligroso en la evolución de las cosas”. Peligrosa sí resulta la situación dentro de la Isla para el humorista atrevido –y todo auténtico creador de este género lo es–, pero nadie podría asegurar que tal peligro termine siendo decisivo para el humor en su conjunto. En primera, porque si bien es cierto que por lo general no se publican buenas obras, ello no significa que no se escriban y mucho menos que no existan creadores de puntería, además de Pánfilo. Al contrario, la censura deriva de lo “censurable” y a veces hasta lo condiciona. Por otra parte, no hay que desconocer el trabajo de muy talentosos humoristas del país que hoy viven en el exterior, creando y triunfando. No debe ser entonces el humor cubano el que está en crisis. Más cerca ha estado de serlo su público natural, privado por la fuerza de las mejores expresiones de un arte que, según Mañach, le sirvió siempre “de amortiguador para los choques de la adversidad; de muelle para resistir presiones políticas demasiado gravosas y de escape para todo género de impaciencias”.

Claro que también están los chistes de Pepito y otras manifestaciones de la picardía popular, los cuales recorren a diario, en cantidades industriales, todos los registros de la gracia y lo subversivo. Nada digno de choteo consigue librarse de su aguijonazo, aunque actúe de puertas adentro y con la factura más elemental. Hay quienes consideran que el régimen le ha permitido un margen de sobrevivencia a esta forma de humor porque no la ve como un desafío a su autoridad, sino únicamente como válvula para descongestionar tensiones. Algo de razón puede ser que tengan. Quien no la tuvo y además falseó los hechos, con sospechosa ingenuidad, fue Abel Prieto, bateador designado a pupilo para el Ministerio de Cultura y autor del ensayo “El humor de Misha”, donde asegura: “El cubano irritado, descreído, incluso contrarrevolucionario de estos chistes, no ataca las bases conceptuales del socialismo en Cuba, ni discute su legitimidad teórica, ni las fisuras entre teoría y práctica”. Parece que pretendiera esperar del jodedor criollo la densidad de un filósofo, sólo así sería atinado medir sus cuchufletas con las doctas reglas del materialismo histórico.

El caso es que, en efecto, la jarana improvisada, de acento callejero, navega con mayor fortuna por la oscura corriente inquisitorial. Ello no significa que sea menos importante que el humorismo de espíritu y de seso. Sencillamente preocupa menos al régimen. Al punto que en los últimos tiempos esta expresión está ganando espacio en el escenario público, dígase la televisión (aunque con temas bien puntuales), o en algunos centros nocturnos y otros espacios de entretenimiento, donde el plato fuerte del espectáculo son los chistes de doble sentido, narrados por cuenteros profesionales. También en el cine, el teatro y la literatura suele asomar la cabeza con frecuencia este tipo de humor fácil, simplista si se quiere, aunque con una definida vocación contestataria. Parece que más que una actitud de tolerancia, se trata de mera subestimación hacia una vertiente que el régimen considera menor, por tanto menos peligrosa. Si es así, entonces quien está en crisis no ha de ser tampoco el público receptor del humorismo cubano. Más bien son sus inquisidores, pues, como el cornudo del pueblo, atrancaron las puertas dejando al rival adentro, de lo cual se desprende que serán los últimos en comprender que tienen la casa tomada.

De cualquier modo, en esta historia de anuencias y censura, la trompetilla quedó fuera. Es harina de otro costal. Ella no encaja en los espacios del humorismo sesudo, pero tampoco se escucha en labios de Pepito, lo cual demuestra, entre otras cosas, que el régimen puede ser ciego pero nunca sordo.

Lo curioso es que a diferencia de otras variantes del humor cubano, la trompetilla fue eliminada por decantación espontánea. A partir de 1959, nadie tuvo que advertirle a nadie “si la tiras, te quemas”. Tampoco el gobierno debió aumentar su presupuesto para pagar a censores que se empeñasen en mantenerla a raya. Tal vez porque Mañach se había ocupado desde mucho antes de ahorrarle equívocos a unos y trabajo a los otros, al puntualizar que la eficacia de este breve sonido “está en su misma falta de violencia, en lo disminuyente que resulta su propio tono diminutivo”. El resto se cae sobre su peso. Basta con establecer un leve apareo de contrastes entre ese tono diminuto, cuyo objetivo es disminuir, y los altos humos de quienes cortan el bacalao, o sea, el más tentador de sus blancos. No hace falta ser médium para adivinar dónde iría a caer aquel que se atreviera a lanzarles la primera trompetilla en público.

Se cuenta que a mediados de los años sesenta el poeta Heberto Padilla comentó con algunos amigos: “Me gustaría vivir en un país donde pueda lanzarle una trompetilla al jefe de Estado cuando pasa en su auto por mi lado, y que no me lleven preso. Eso es libertad”. Con todo respeto a la memoria de este creador de una de las más atronadoras trompetillas lanzadas al totalitarismo por la poesía cubana, sería preciso aclarar que quien intente allí hacer aquello que a él le hubiese gustado, no va preso. Tampoco podrían llevarle a parte alguna, a no ser que cargasen sus restos en una cajita de fósforos.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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