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Una visión humana de la guerra

Una visión humana de la guerra

Una visión humana de la guerra
junio 21
15:03 2014

Soldados de papel, de Gabriel Lerner (Visualibros, Los Ángeles/México), es una obra muy peculiar tanto por su estructura como por su temática. Escrita en español, la lengua de la infancia del autor, nos muestra que aun cuando su vida se consolidaba en el país de su cultura familiar y pudo haber utilizado el hebreo, se decidió por una inmersión en la literatura latinoamericana con una novela, crónica, diario, testimonio o una combinación ecléctica postmoderna que él subtitula “Cuadros alucinantes de la guerra”.

Cuando este autor argentino la publicó por primera vez no había pasado mucho tiempo de los acontecimientos que en ella se describen. La llamada Guerra del Líbano es el marco cronológico específico en medio de ese constante enfrentamiento entre Israel y los palestinos, así como los árabes que lo rodean.

Pero no es nada nuevo que se narren  conflictos armados. La literatura nos habla de ellos desde la misma antigüedad, donde pueblos se enfrentaban unos a otros con saña. No se puede olvidar la clásica Ilíada o la Eneida.  Las crónicas escritas por los conquistadores españoles son otra muestra de una vieja tradición que se expandió por los últimos siglos, donde naciones enemigas resolvían siempre sus problemas por medio de la violencia.

En esa tradición que hemos señalado, casi siempre el narrador tomó partido por su facción o su país. Gabriel Lerner, a cambio,  toma partido por el ser humano, no importa de dónde proceda. Para él, que vivió esos años ochenta, fue tarea compleja resumir las razones, las consecuencias y la interacción de los guerreros israelitas con los árabes, pero sin describir la violencia de manera gráfica. Porque en esta novela más que las acciones bélicas se describe la identidad psicológica y yo diría sociológica de un grupo de jóvenes hebreos empujados al vórtice de un conflicto de sobrevivencia o de agresión, según el punto de vista que se mire.

No en vano Rubén Knalestein, al prologar la obra, menciona cómo “la sociedad israelí es una intensidad que tiene un precio: no podemos hacernos muchas preguntas. Debemos vivir como soldados porque somos fundamentalmente soldados”.  A este dilema responde Gabriel Lerner  con otra perspectiva. El narrador  o los narradores, pues el punto de vista que cambia nos guía por el camino de la duda que solo los más extremistas del grupo que se describe pueden servir con ciego afán.

Porque aquí estamos frente a la narrativa de la guerra desde la singular perspectiva del hombre y su entorno social, que en este caso es el de un pequeño escuadrón israelí con reclutas y oficiales de los más variados orígenes. Desde el llamado Frankestein, el Rumano, E.T. y los otros que  comparten los estragos de una vida sometida y cronológicamente detallada con las fechas que se despliegan a modo de calendario, coincidente con los detalles ahí descritos.

El propio autor nos explica el título de Soldados de papel cuando confiesa que esta obra es un grupo de testimonios y también de relatos de soldados anónimos que cobran una faz específica a través de los personajes. Para Lerner, no hay necesidad de escenas de combate: “la guerra es un evento íntimo donde el espíritu reacciona a la temporaria certeza de la muerte”.

Si me atreviera a describir qué encontramos en esta novela, primero tendría que sumergirme en una estructura que combina los números como títulos con las fechas. Ahí se puede disfrutar de una variedad de formas narrativas. Desde la perspectiva estilística describe los personajes y su entorno como Nimrod, el teniente o Amir, quien deviene su narrador principal, probablemente el alter ego del propio Lerner, sin que se olviden los momentos en que un giro nos sitúa dentro de una perspectiva diferente. El capítulo 2 nos lleva al epistolario que Amir dirige a un personaje que representa el mundo exterior al conflicto, y también al amor.

“Dalia Amada”, usa él en ese capítulo que no comienza con melosos reclamos de amor sino con una erupción de esos momentos trágicos que incluirían a un compañero llamado Abraham Fortuna,  probablemente un sefardita o español del que se nos dice que su familia era originaria de Marruecos. El tiempo ha pasado y cuando uno piensa que no es precisamente una epístola sentimental, aparece un poema que se concentra en ese sentimiento particular:

“Amor te digo amor/ lo he escuchado tras veces/ en ti mi libro escribo/ piel dividida en rombos iguales (…)/Te digo amor/y lo aprendo/ lentamente”.

En “Cuatro de junio de 1982”, como en otros capítulos denominados a partir de fechas, se nos brinda la oportunidad de recibir la información desde una fórmula que conoce bien Gabriel Lerner. Su profesión de periodista, que ya practicó desde aquella época, le permite escribir esas notas que recuerdan tanto los partes de guerra como las notas de los medios de comunicación: “El portavoz del ejército israelí informa en estos momentos la Fuerza Aérea está realizando un acto de represalia sobre emplazamientos terroristas en Beirut”.

Esta combinación de épica literaria con lenguaje periodístico permite al lector captar con fuerza de veracidad, y a la vez se aparta del panfleto antiguerrerista o proisraelí. Se repetirán en la novela en una especie de combinación entre puro ejercicio narrativo con momentos elevados en lo estilístico, con el epistolario y los reportes periodísticos.

1654409_718752821498105_753224208_nMuy interesante resulta cómo enfrenta al otro el narrador. Nos describe desde costumbres del soldado contrario,  los hombres que besan el suelo, hasta los muchos Ajmad, que es el nombre genérico con el cual se nombra al soldado enemigo, sea sirio o palestino, y a quien se humaniza en el intercambio de chistes e insultos junto a razonamientos que parecen señalar que la condición humana es de odio o amor, pero es humana en sí.

Pero no podía olvidar Lerner el país ocupado y su medio ambiente, que a veces admira y otras odia, a través de esos soldados que desprecian el hecho mismo de enfrentar a los enemigos de su tierra, o esa guerra los aparta de sus hábitos, de la tranquilidad de su hogar hebreo tan lejos y tan cerca en medio de un conflicto que para el gobierno israelí es de sobrevivencia, y para los palestinos y libaneses un acto de agresión, como hemos ya comentado.

Hay algo que podría indicarse en Soldados de papel. ¿Cómo pudo el autor condensar vidas tan distintas, a esos hombres del otro bando en relativamente pocas palabras? En mi opinión, la novela daba para mucho más y el final nos parece un tanto apresurado, aun cuando fue probablemente la solución que encontró Lerner para cerrar un conflicto en el cual el hombre es sobre todas las cosas víctima de las circunstancias, y donde el enemigo es el otro que sufre, ama y desea, como los propios israelíes.

Cuando Lerner nos describe el final dramático en que el pequeño escuadrón se liquida a sí mismo, parece un acto de suicidio colectivo. Se odia lo que te rodea y la sobrevivencia de algún testigo servirá únicamente para describir el absurdo del conflicto. Pero hay algo más. Hacia el final encontramos cambios de perspectiva que nos permiten dilucidar la complejidad sicológica del grupo en sí, y por otro lado se comprueba lo que el narrador declarara en la página 105: “No son soldados, sino niños a los que alguien por un tremendo error rapó la cabeza de golpe, vistió de uniforme y casco y les dio un fusil para jugar”. Y efectivamente, ese juego sale caro en Soldados de popel, cuando los resquemores y los odios conducen al aniquilamiento.

Ahora bien, Lerner pretende jugar con el lector y deja abierta la posibilidad de otros finales, como en esas películas experimentales donde no puede decirse que todo sea definitivo sino volátil, como la vida misma.

El autor se esfuerza y  logra convencernos de alguna manera de la inutilidad de la guerra, de la necesidad del amor y la verdad para resolver los conflictos. Siendo Lerner un israelita de origen argentino, nos enriquece al ofrecernos otra perspectiva, otra mirada, sin necesidad de traicionarse a sí mismo.

Vuelvo entonces a Rubén Kanalenstein, quien explica por qué Lerner no escribió la obra en hebreo sino en español.  El hecho de que use nuestra lengua le permite, según el prologuista, tomar distancia, evitar toda complicidad para de hecho ser más veraz. Por eso considera que leer Soldados de papel nos permite cuestionar lo vivido y por demás le sirve al autor, para en el idioma aprendido en Buenos Aires, describir “la peripecia de una guerra…y de una vida que según él alcanza un mayor grado de grotesco y de terrible en español”. Y que según ambos, opino, sirve para desnudar lo que ellos acostumbran a vestir en hebreo.

Vale la pena leer esta novela. Es testimonio del siglo que se fue y está ahí, en las narices de nuestra época.

Sobre el autor

Julio Benítez

Julio Benítez

Julio Benítez (Guantánamo, 1951) es profesor y escritor. Fue activista de los derechos humanos en Cuba. Ha publicado, entre otros libros, “En Glendale no hay ladrones”, “Las tres muertes de Gurrumina Robinsón”, “La reunión de los dioses” y “El rey mago”. Obtuvo el premio Regino Boti en 1990. Actualmente reside en Los Ángeles, California.

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