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Vetero Club: Ángeles, gigantes y titanes

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Vetero Club: Ángeles, gigantes y titanes

Vetero Club: Ángeles, gigantes y titanes
agosto 30
17:53 2015

 

Una lluvia fina los arropaba en un manto de silencio; una lluvia lo suficientemente sutil como para no hacer ruido, típica lluvia inglesa.

Ella divisaba los narcisos de un jardín en apariencia silvestre, pero lo suficientemente ordenado como para que se notaran los dedos verdes de una mano diligente. Concibió aquella casa como un juego macabro de apariencias.

Salvo el fuego que crepitaba, nada se movía. Finalmente él estiró la mano y de la estantería de encima de la estufa alcanzó la “Naturalis Historia”, de Plinio el Viejo.

“Dos e iguales son sus cabezas, una donde debería acabar la cola”, leyó. “Como si no le bastase una boca para verter veneno”, remarcó la frase con deleite degustando un Pomerol. Se sirvió otro trago.

Desde la debacle de la isla de Vindobona, o como se llamara aquel sitio de donde supuestamente procedía y del que al parecer había borrado todo recuerdo, Victorio Boadiceo, al dejar el asilo de lunáticos en el cual estuvo internado, se había refugiado en una casa de piedra blanca en la campiña de Inglaterra, en los Cotswolds, donde jamás recibía visitantes, dedicado exclusivamente a la meditación trascendental.

Cuando ella tocó a la puerta él sabía que vendría. No porque Inga anunciara su visita, que fue inesperada y que no la decidió hasta pocas horas antes, sino porque él intuía por medio de la ascendencia extracorporal, según sus propias palabras, que había llegado la hora de volver a la mándala que es el mundo. Él le dijo: “Soy sólo un orate converso al jainismo, aunque no practico”. Tras una ausencia casi física de varios minutos volvió a hablar.

“Anphisbaena, también conocida como anfisbena, amfivena, anphine, anphivena o fenmine”. Abrió un Bestiario del Medioevo igualmente extraído en la repisa. Era como si hubiese estado preparando la vista. Había algo demasiado extraño en todo eso. “Estamos ante uno de los grandes misterios universales”.

Iba a tomar el Libro egipcio de Los Muertos pero vaciló. Agarró otro volumen, el “Pistis Sophía”, de Josán Cavalleiro. En lugar de leerlo, recitó, como si se lo supiera de memoria, teatralmente, que para los griegos la anfisbena había nacido de las gotas de sangre derramada por la medusa cuando Perseo le cortó la cabeza.

– Lo que no entiendo -dijo Inga intentando restar gravedad a la representación- es la persistencia de la temática biserpentina en culturas de lugares tan distantes como Oceanía, Grecia y el mundo maya.

– Hay verdades para las que la historiografía oficial no tiene respuestas. Como la presencia del barbudo pelirrojo antes de la llegada del hombre occidental; como la existencia del maíz en Asia antes del descubrimiento americano; como la recurrencia del éxodo en la mitología hebrea, polinesia, griega, azteca, maya; como la omnipresencia de la pirámide; como el estudio de los ritmos astrales y las luminarias celestes. Todos los pueblos tienen un San Jorge y un dragón. Hay que leer a Herodoto y a Platón para saber que antes se levantaba el sol donde hoy se pone. La ortodoxia no responderá nunca a los enigmas, a menos…

– ¿A menos…?

Él calló por un rato ignorando la pregunta de la joven, hasta que dijo: ¿”Toma usted por un hecho la desaparición del Neandertal sólo porque lo dice la ortodoxia científica?”. Para volver a sumirse en el silencio. “¿Qué sabe usted? ¿No es un ejercicio sano del pensamiento cuestionarlo todo? La memoria universal supera las culturas. Hubo una vez una raza de ángeles, gigantes y titanes”.

– Usted es un hombre sabio. Usted tiene respuestas para las lagunas que nos deja la historiografía oficial. Usted seguramente sabe de la leyenda del Vetero Club. Usted ha tenido acceso al Códice…

– ¡Es suficiente! -la cortó en seco Victorio-. El nombre de ese libro no se menciona en mi presencia. Bastantes… -rebuscó la palabra exacta- cataclismos ha traído ese… libro que ni siquiera existe.

– ¿Cómo algo que no existe puede acarrear cataclismos?

Una puerta que alguien abrió con brusquedad interrumpió el diálogo. Apareció la doncella, una mujer bastante gruesa que sostenía una bandeja con un servicio de té, scones, crema y mermelada de frambuesas.

La criada tenía una forma peculiar de moverse, un contoneo, una cadencia que no pasaba inadvertida. “Es la hora del té, señor Boadiceo”, dijo con aire imperativo y un meneo. “Y recuerde que luego del té es la hora de su psicoterapia”. Con disimulo intentó borrar los rastros de crema de sus labios, la evidencia de que había estado comiendo scones minutos antes.

– Gracias, Reina -respondió, e intentando suavizar tensiones preguntó a Inga:

-¿Qué té desea la señorita, Earl Grey, Lapsang, Darjeeling…?

– El que usted prefiera… –contestó ella-. Volviendo al tema de…

– ¿Cuánto de leche en el té? -preguntó secamente la criada mirando a Inga con el rabo del ojo.

– Un sorbo… y fría. Estamos en Inglaterra, Reina, no seas impertinente -respondió Boadiceo intentando evitar las siguientes preguntas con las que su doncella iba a incordiar a la visitante.

– Como quieran -insistió Inga-. Yo sólo deseo saber…

– Señorita, ha perdido usted su tiempo al visitarme. Disfrute del té y ya sabe dónde está la puerta. Dispense a un hombre enfermo -manifestó Victoreto.

– Disculpe usted, señor. Mi intención no era…

– Lo último que puedo decirle, si se digna a aceptar consejos, es que si procura información sobre el tema biserpentino, o el que sea (y es lo último que puedo decirle antes de retirarme) usted debe visitar París. Allí vive una dama que lo sabe todo. Búsquela. “Como si no le bastase una boca…”, esa es la clave para hallarla. No más preguntas. Ahora perdone que me retire.

En el camino hacia la puerta, siempre bajo la rigurosa mirada de la doncella, Inga creyó percibir un monograma con la serpiente bicéfala y las iniciales VC discretamente representadas a relieve blanco sobre la superficie blanca de un grabado antiguo de Perseo, en la pared del recibidor. Reina se colocó entre ella y el grabado, mientras le alcanzaba el sombrero, la gabardina, los guantes y el paraguas, por lo que Inga se marchó con la duda a cuestas. Pero decidió que esa noche volvería. Cuando el señor y la doncella durmieran ella, regresaría a examinar con detenimiento aquel grabado, aquel monograma, aquella casa.

Una dura luz de naipe era la luna. Pensó en el Poeta cuando la sombra de la casa se proyectaba en el jardín. No tuvo dificultades para forzar la puerta. Entró. Todo estaba vacío. Los ocupantes se habían marchado con prisa y aún quedaban rescoldos en la estufa. Un libro solitario aguardaba por ella: el Libro egipcio de los muertos. Sobre él había una nota manuscrita.

“Señorita: hubo una vez una raza de ángeles, gigantes y titanes. Busque. Fútil fuego si no es de Prometeo”.

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http://neoclubpress.com/vetero-club-la-serpiente-de-jaya-lea-2-0637962.html

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Sobre el autor

Rolando Aniceto

Rolando Aniceto

Rolando Aniceto es graduado de Periodismo de la Universidad de La Habana. Además de en Cuba, ha trabajado en medios de prensa de Venezuela, Estados Unidos y Reino Unido. Durante doce años se desempeñó como productor de la BBC de Londres, ciudad en la que reside. Sus relatos y textos han aparecido en los últimos cinco años en medios digitales de varios países.

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1 comentario

  1. Pataleta
    Pataleta septiembre 05, 00:36

    Eso no se entiende ni Inga

    Reply to this comment

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