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Vetero Club: Renacimiento

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Vetero Club: Renacimiento

Vetero Club: Renacimiento
octubre 04
10:47 2015

 

Hay bellezas que golpean; bellezas brutas. Las hay sublimes, que te elevan, y delicadas, que uno siente que las puede romper con sólo mirarlas. Y hay otra clase de belleza: la pura, la inefable; la absoluta, la incorrupta; la de las barbas de Dios.

Ella estaba en el lugar más bello de la Tierra.

La clave se la dio el Libro egipcio de los Muertos, esos sortilegios que en el juicio de Osiris ayudaban a salir al día y preparaban al difunto para un nuevo amanecer.

Siempre que quería renacer –sin tener que matarse o que morir– venía a este sitio; al lugar más bello de la Tierra.

Dentro del Libro de los Muertos, Victorio había deslizado una nota que daba la clave del misterio de la serpiente bicéfala: “Es un símbolo de permanencia porque la Eternidad consiste en el constante renacer”. Estaba claro: un ofidio de dos cabezas jamás podría morderse la cola y agotarse en el ciclo permanente de la repetición innecesaria. Era una criatura predestinada a mirar por siempre hacia adelante sin perder la vista atrás. En eso consistía precisamente el renacimiento. Por eso era el símbolo del Vetero Club. Por eso ella estaba donde estaba.

Era la Toscana italiana el lugar más hermoso del planeta.

Era la cuna del Renacimiento. Era el sitio al que la conducían todos los encantamientos y donde hallaría las claves del secreto que indagaba. Alquiló un Citroen descapotable de la década de los setenta y se hizo a una campiña de proporciones perfectas.

Ese paisajismo medieval renacentista encarnaba la armonía entre Dios y el Hombre, y esa relación secreta entre la creación humana y la divina le inspiraba la paz que únicamente origina la belleza incorrupta. De las colinas ondulantes a los campos de girasoles había una prolongación tan natural como de los cipreses a los viñedos y de los sembradíos a las antiguas murallas de los pueblos, las cuales en agosto eran de las mismas tonalidades amarillentas de la tierra.

El que veía era un campo diseñado por el Hombre que en el Renacimiento llevó la piel de Dios. Ella pensó que ningún lugar en el mundo ofrecía esta armonía tan químicamente pura entre arte y naturaleza.

♣♣♣

Ella renacía en un sueño recurrente. Soñaba con las ruinas espléndidas de una ciudad clásica, de palacios derruidos, columnatas arruinadas, bajorrelieves rotos y pórticos abandonados. Pudo reconstruir cada uno de ellos en aquella Florencia, donde una vez cobraron vida las viejas piedras muertas atenienses.

Desde que cruzó el Ponte Vecchio supo que el río Arno era una frontera de la que saldría renovada. Que era su propio Rubicón. Le costó ajustarse, recomponerse, ante la visión de la belleza magna. Buscó un hotel pequeño en Oltrarno, un lugar sin pretensiones, porque sabía que viviría afuera y dormiría este verano sobre mármoles sagrados, aunque luego se cambió a un hotel cerca del Palacio Pitti, porque deseaba estar cerca de los jardines del Bóboli. Tras un período de contemplación y privaciones puedo vivir su zarza ardiente: vaciarse de todo y ver Florencia con sus ojos limpios.

Entonces, la serpiente bicéfala comenzó a aparecer en todos lados.

La primera vez que la avistó fue en la Sala de los Lirios, del Palacio Viejo. En el artesonado y el frontón aparecía el símbolo entre niños, amigos del Bautista, que jugaban con guirnaldas. Después le habló el Giotto, en la sala Dos de los Uffizi. Entre adoraciones de magos, santos, mártires, y entre vírgenes de cuello largo, volvió a emerger la sierpe renacentista. Lippi, los Pollaiolo, Boticcelli, la Alegoría de la Primavera… todo le hablaba de una cofradía: el nacimiento de Venus y de la Calumnia, el gabinete de las Miniaturas, la Virgen del Jilguero, la Virgen de las Arpías… todos los rostros malvados y sublimes de los Médicis lo mismo le decían. Y sobre todo le hablaba Brunelleschi, el eterno Brunelleschi.
♣♣♣

Observando el arte de los manieristas lo supo todo. Los grandes maestros, incluso los aprendices, del humanismo florentino, que acabó siendo el Renacimiento italiano, pertenecían a ese club, al Vetero Club, que atesoraba un secreto compartido por los grandes, por el Veronés, por el Angélico, por el Tintoretto, por el Caravaggio (se hacía obvio en la Medusa), por el Parmigianino. Y sobre todos, y sobre todo, por Miguel Ángel. De vuelta al Palacio Pitti se percató de que la Camerata Florentina, la que inventó la ópera, también pertenecía a aquel selecto club.

Volvió a ver la serpiente de las dos cabezas en un Baco adolescente; en la abigarrada barba de un Perseo en la Loggia de la Piazza della Signoria. Dio gracias a Cellini, y se volvió hacia el homoerótico Menelao sosteniendo a su Patroclo. Veía el símbolo en todas partes, hasta en la ignorancia suprema de los turistas en masa. Se sintió parte de un club antiguo y una persona nueva. Dónde renacer si no en Florencia.

♣♣♣

Andando una pequeña calle, entre Santa María Novella y la Capilla de los Médicis, hizo el gran descubrimiento: una tiendecilla taller www.alicemasks.com donde se cultivaba el arte recóndito de hacer máscaras.

El profesor Agostino apenas la miró. Es más, groseramente le ignoró el saludo. Se sintió una máscara más en una tienda de máscaras; en el apogeo de su existencia. La hija de Agostino, Alicia, se paseaba por allí, ocupada en la confección del rostro del Caravaggio, e Inga pudo ver una figura obesa, ¿una ayudante?, que se movía con cierta cadencia, con un meneo peculiar. Alcanzó a escuchar que a la “ayudante” la llamaban Regina. Una mirada de Regina le sugirió complicidad, pero ella ya era más que las pequeñas cosas.

No recordó si estuvo horas o minutos en aquella tiendecilla. Ya se sabe que un segundo puede ser la eternidad y que basta un instante para la concepción de un ser humano. Supo de inmediato que había completamente renacido. Que aquellas máscaras le permitían dejar de ser ella; que ya no iba a ser más Inga; que Inga la Vikinga acababa de morir entre aquellas máscaras porque cambiar de rostro era cambiar de vida.

Luego de una eternidad y varias máscaras se compró un ejemplar de la Comedia del Dante y se puso el rostro del gran florentino despreciado por sus compatriotas, exiliado por sus coterráneos, denostado por los suyos. Al colocarse la máscara se convirtió en el gran bardo, el que haría del dialecto toscano la lengua de la Italia unificada.

Aún quedaban misterios por definir: el de la Dama Parisina, el de la desaparición de Jasón Cavalleiro. Pero al menos algo tenía claro: que ya ella no era ella. Que tampoco ella era él: que era sus máscaras. Supo que podía jugar a ser todos y muchos a la vez.

Ahora era Dante, capaz de recorrer, en el lugar más hermoso de la Tierra, todos los cielos y todos los infiernos. Ahora supo lo que era ella, lo que era él. Era la Toscana, y la Toscana era su meta. Su Beatrice.

  Vetero Club: La serie completa. Clic aquí para acceder a los capítulos anteriores
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Sobre el autor

Rolando Aniceto

Rolando Aniceto

Rolando Aniceto es graduado de Periodismo de la Universidad de La Habana. Además de en Cuba, ha trabajado en medios de prensa de Venezuela, Estados Unidos y Reino Unido. Durante doce años se desempeñó como productor de la BBC de Londres, ciudad en la que reside. Sus relatos y textos han aparecido en los últimos cinco años en medios digitales de varios países.

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