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VI Congreso del PCC: De la revolución a la involución

VI Congreso del PCC: De la revolución a la involución

mayo 17
20:54 2011

1-la_vieja_guardiaLa Revolución Cubana es un ingenio de azúcar que no tritura cañas, sino vidas. Ya van cuatro generaciones. Y por lo que parece, suma y sigue.

Decepcionante y previsible son los dos adjetivos más usados para calificar el fenecido VI Congreso del Partido Comunista de Cuba. Sesionó en La Habana entre los días 14 y 19 de abril. El primero es erróneo. Para tener expectativas hay que tener cierto grado de esperanzas, y ya se sabía que este evento no iba a aportar nada nuevo a la nación cubana. Lo segundo es más ajustado. Tomó como marco la fecha del 50 aniversario de la batalla de Playa Girón, cuando un grupo de cubanos entrenados en Centroamérica fueron arrojados a las costas cubanas, y el entonces Presidente Kennedy les negó la ayuda que había prometido. Ello contribuyó a que Castro abrazara, en busca de subvenciones y apoyo internacional, de forma definitiva y acelerada, un proceso que ya había comenzado subrepticiamente desde la Sierra Maestra.

Antes insistía en negar su filiación al marxismo-leninismo, para terminar pidiendo protección y amparo a la URSS. Cuba se convertiría económica y políticamente, como lo fue antes de España y de los Estados Unidos, en una colonia soviética.

Este congreso cierra el horizonte a una salida pacífica en medio de la terrible situación actual de Cuba. La sociedad civil sigue aplastada bajo la bota de los militares. Todo ello recordando que este régimen, impuesto por la fuerza y la violencia, jamás ha tenido referéndums, ni el pueblo ha sido consultado. El resultado son ya casi dos millones de cubanos exiliados en todo el mundo, cifra que aumenta. Un territorio donde los observadores de Naciones Unidas tampoco tienen permiso oficial para acceder a las cárceles, cada vez más llenas de delincuentes comunes por la pésima economía de la isla, y de presos políticos que desafían al poder y disienten.

La agencia Prensa Latina (PL) se ha dedicado consuetudinariamente a difundir noticias falseadas o capciosas que respaldan a un régimen no constitucional, y que sin embargo, a fuerza de permanecer, ha sido tratado como si fuera legítimo en un escenario mundial  donde los otros gobiernos llegan al poder a través de mecanismos democráticos. Así dan a conocer la amplia cobertura mediática que ha tenido el VI Congreso del PCC en Uruguay, donde se destacaba, según ellos, “la riqueza del debate”. ¿A qué debate se refieren si todos los miembros del Congreso opinaban lo mismo? Los acuerdos fueron aprobados por unanimidad. Sin abstenciones ni absolutamente nadie en contra. Omite la agencia PL que los periódicos y los comentaristas en Uruguay que hablan del evento son de tercera fila en importancia, comparados con los grandes diarios de ese país.

El informe final del evento fue calificado por Guillermo Fariñas, Premio Sajarov 2010, como “cínico”. En él Raúl Castro afirmaba: “Pretendemos (…) actualizar el modelo económico y social con el objetivo de garantizar la continuidad”. Y en medio de este cónclave ha sido entronado como Inquisidor o Ilusionista Mayor el delfín regente, Raúl Castro, que tampoco ya, con 81 años, es tan delfín. Se ha apoltronado en el lugar cedido por su hermano y pretende seguir al frente de esta nación depauperada diez años más. ¿Tendrá energía y capacidad para ello? Lo dudo.

Los hermanos Castros se comportan con la misma fidelidad de sangre que los Césares de la Roma antigua o de la mafia, aplicándole a Cuba el mismo despotismo que caracterizó la férrea mano de su padre en la finca de Birán, Ángel Castro, gallego que vino a luchar contra la independencia de Cuba.   

“No se pueden resolver los errores cometidos durante 50 años en días”, se lamentaba Raúl Castro, ante un público sin arrestos para preguntarle de quién era esa incapacidad sino de él y de su hermano Fidel. Los que aplaudían eran como bufones a sueldo con arrobadas lágrimas en los ojos. ¿Y pretenden repetir sobre esa misma base errónea sus frustraciones y encima hasta prometer –algo imposible– mejorarla? Mi madre, que es sastre, dice que es más fácil hacer un traje nuevo que arreglar uno ya hecho. Falacias…

Reconocer esta incompetencia le costaría el puesto a cualquier dirigente en un país democrático. Pero no: ellos siguen ahí, como en la finca de Birán. En tanto esos pobres fanáticos del poder aplaudieron tal estupidez, exaltados y lacrimosos. El despido de más de un millón de trabajadores ha fortalecido el mercado negro y la delincuencia, así como los índices de prostitución juvenil. Como atenuando, intentarán erradicar la cartilla de racionamiento impuesta en 1963, que nunca ha servido de nada. En tanto la juventud lo que espera es la primera oportunidad para largarse.

Raúl confiesa la incompetencia comunista para crear un relevo a su medida. “Hablan de la juventud y eligen de vicepresidente a un octogenario”, apunta Frank Calzón, director del Center for Free Cuba. A ello se suma que el país está en saldo con respecto a los inversionistas extranjeros, con tal que no sean cubano-americanos. Siempre, claro, aceptando las necesarias remesas de los exiliados y en un aparente encuadre de legalidad de un régimen totalitario.

No se me olvidará la reunión de Fidel en la Universidad de La Habana hace unos años en que, al hacerle los estudiantes críticas al régimen en unos conversatorios aparentemente cordiales, se apareció y bravuconamente les dijo, alardeando, que cuando él tenía los mismos años que ellos y estaba inconforme, creó un movimiento armado, asaltó un cuartel, subió a la Sierra Maestra y logró una Revolución, incitando a que hicieran lo mismo.

Ahora bien, el Diccionario de la Real Academia Española define la palabra “revolución”, entre sus varias acepciones, como “cambio violento de las instituciones políticas, económicas y sociales de una nación”, pero también “giro de una pieza sobre su eje”. Si nos atenemos a la primera, es cierto que Cuba en 1959 sufrió una revolución, pero no evolutiva sino todo lo contrario. La Revolución, como un trompo o peonza girando en torno a sus mismos dirigentes, ha terminado siendo involutiva. Un fracaso aunque lo disfracen de optimismo sus defensores de la izquierda internacional.

Raúl Castro en el Informe Central, habla de “el carácter democrático y transparente, cuyo protagonismo indiscutible lo asumió el pueblo bajo la dirección del Partido…” ¿Piensa esa recua de tarados que le aplaudieron que alguien se cree lo que dice? Tienen que ser fanáticos para sostenerlo. ¿Qué entienden por “democracia”? ¿Acaso no han estudiado una asignatura básica y elemental en la formación legislativa como es el Derecho Romano? ¿Y transparente? ¡Pero si no pueden oír en Cuba la palabra “glasnost” porque recuerda a Mijaíl Gorbachov, que citarlo allí es como nombrar a Jesucristo ante un endemoniado!

La dictadura ha creado una población que en su mayoría tiene dos características patológicas difíciles de curar: el fanatismo y la bipolaridad. Los primeros asentirán pase lo que pase. Los segundos, asumiendo su doble moral, en público darán una opinión favorable al castrismo y en privado lo contrario, mientras están al servicio de su propio beneficio personal. El lema es “sálvese el que pueda”. Y el Informe no tiene desperdicio al asentir que pretende “la actualización del modelo económico a fin de garantizar el carácter irreversible del Socialismo en Cuba”. Y en su delirio subraya que proseguirá un patrón socialista de nuevo tipo porque exalta a Lenin, a Marx (Mao no se nombra), pero también al dólar. El capitalismo es sinónimo para ellos de libertad. Y eso no lo van a permitir.

El castrismo, anacrónico, fuera de contexto y ahistórico, no se redime de medio siglo de una tiranía despótica. A Raúl Castro algunos ingenuos le concedieron el “beneficio de la duda”. Acaba de demostrar que no habrá cambios. Ni respeto a los Derechos Humanos, ni a la propiedad privada. Salvo la de ellos y sus suculentas cuentas en el extranjero. No en vano la revista Forbes sitúa el capital de Fidel Castro entre los primeros en la lista de magnates del mundo.

El escritor Cabrera Infante decía que la Revolución Cubana era un globo que no iba a explotar, sino que poco a poco se quedaría sin aire, como un preservativo usado y abandonado en una alcantarilla. Raúl tiene ya más de 80 años y pretende llevar este barco a buen puerto hasta cumplir noventa. Un barco hundiéndose del que saltan las ratas para salvarse, dijo Fidel. Ya sean militares, profesionales o bailarines del Ballet Nacional de Cuba, cuyo elenco Alicia Alonso  y sus ayudantes tienen que rehacer una y otra vez en cada gira, como afirma el crítico Roger Salas, del diario El País de España. Cada delegación cubana –ya sea de arte o deportiva– lleva sus miembros de la policía política para controlarles. Los altos dirigentes están dispuestos a colaborar con la Seguridad y al llegar de vuelta comunican a quien corresponda el resultado de sus viajes.

Antonio Valle Vallejo, ayudante de García Márquez, hizo público que se le graban sus conversaciones y se le vigila en la isla. Wikileaks ha denunciado la injerencia de agentes cubanos en la política de Venezuela, con el beneplácito de Hugo Chávez, que cayó rendido de admiración en 1994 ante Fidel, después del fallido golpe de estado a Carlos Andrés Pérez.    

El mismo Raúl Castro confiesa su decepción declarando la incompetencia de los mecanismos revolucionarios para crear dirigentes que le sucedan. La suya es una revolución sin continuidad generacional confiable. Nunca formarán sucesores a la medida de la sumisión y el despotismo que requieren, sobre todo en esta última generación, con menos de veinticinco años, apáticos, descreídos y hastiados de verlos reinar como soberbios faraones. Ni flexibilidad ni cambios a lo Vietnam o China habrá en Cuba.

Desde la decadencia física e intelectual de Fidel, el Hermanísimo pretende que el Comandante en Jefe siga siendo la referencia de la Revolución. Fue citado constantemente como si se invocara a un dios que debía aparecer. Mienten. No lo es desde hace mucho, incluso antes de enfermarse y en las altas esferas de las Fuerzas Armadas, los altos mandos se burlaban de él por su megalomanía, al pretender que fue el artífice táctico de la Guerra en Angola. Sus opiniones seniles, vertidas en esas filípicas ilegibles, no le importan nada al mundo. Y su tono es sacado como del profeta Jeremías y del Apocalipsis. La sensación que deja el Congreso es de inmovilismo. ¿Y para qué sirvieron los Congresos anteriores?

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