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¡Vienen… vienen los americanos!

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¡Vienen… vienen los americanos!

Un dibujo de Arístides Pumariega

¡Vienen… vienen los americanos!
Febrero 22
15:38 2017

 

José Arturo no se acostumbra a la bullanga que ahora arman por todo. Y ese lío de que vienen los americanos ya lo está molestando más de la cuenta. Por eso, cuando tocan en la noche, no quiere que su madre abra la puerta.

Y la aldaba suena que suena, y los golpes duros en la ventana. Y es que aquí no hay nadie, a ver si abren o tumbamos la puerta. Y él peleando a media voz con la madre. Que no abras, no ves que vienen a llevarme. Y a llevarte a dónde, hijo, por qué… qué has hecho. Pues que voy a haber hecho… Nada… son los de la milicia.

El hermano menor se levanta y, envuelto en una sábana, finalmente abre de par en par la puerta de la calle. Claro, como no es a él a quien se van a llevar y como está tan cómodo con eso de que no va a la escuela porque los americanos ya están al venir, seguro, de eso nadie tiene dudas, y van a acabar de una vez con esta locura revolucionaria. No y no, nada de que el chico vaya a la escuela. Si fuera a la escuela, seguro lo adoctrinarían y, como dicen los amigos del abuelo, pondrían al chico a vigilar a todos en la casa, en la familia, en el barrio, y entonces no podrían ni hablar en su propia casa. Así que para que no ocurra tal desgracia, la decisión había sido que se quedara en casa y la madrina le hacía leer cada día Rebelión en la granja y no se sabía cuántos libros más para que no fuera a caer en la redada de los comunistas.

Venimos a buscar a José Arturo Rubalcaba. Sí, enseguida, contestó el hermano menor sin ningún titubeo. Pepe, Pepito, que te buscan. Que tiene cuarenta minutos para que se presente en la Casa del Miliciano, a dos cuadras, que solo puede llevar cepillo de dientes y jabón y ropa interior, que el uniforme y las botas, el arma y lo demás allí se lo dan. Y la madre, que cómo el arma, y para qué le van a dar un arma a su hijo, que no, que ella no quiere que él mate a nadie. Pues qué pena, señora, pero su hijito está bien crecidito y a la patria le hace falta sangre joven y que hay que defender con la vida, si fuera necesario, la tierra en que se ha nacido. ¿O es que la señora no ha leído a Martí? Y la madre insiste que de quién hay que defender el país. Señora, pero usted no escucha la radio, no lee la prensa, no ve el televisor… son los americanos, que vienen, ¡vienen los americanos! Y nos quieren quitar la libertad, la salud, la casa, todo, nos quieren quitar todo, quieren acabar con la Revolución y la Revolución es lo más grande. Y está bueno ya de hablar tanto, que José Arturo Rubalcaba se apure que ya pasaron diez minutos y que se van que tienen que seguir buscando a los aguerridos milicianos.

Pero hijo por qué te has metido a miliciano y tú con un arma, qué vas a hacer con un arma. Y yo qué, madre, acaso quería yo meterme en todo este lío, pero no hay de otra. ¿O es que usted quiere que pierda mi trabajo? ¿Y de qué vamos a vivir entonces? Aquí, madre, todos tenemos que hacer lo que nos manden. Y a este zangaletón, a ver si lo van mandando a la escuela que los americanos no van a arreglar nada. ¿No escuchó lo que dijo el sargento? Que lo que nos vienen es a joder, madre… ¡A joder!

Efectivamente, en la Casa del Miliciano le dan el equipamiento necesario, hasta una canana con balas que él se ajusta a la cintura. De momento, le gustan las botas lustrosas y con olor a nuevas y que dicen que son rusas. Ruso es el fusil también. Le gusta el pantalón verde olivo y la camisa azul… le gusta su imagen de miliciano cuando de reojo se mira en el espejo grandote que hay en lo que debió ser la sala de la que alguna vez fue casa de gente rica. Si lo vieran las chicas de la empresa, ahí seguro que iban a estar loquitas todas por él. Entonces al fin tendría novia, porque eso de tener ya cumplidos los dieciocho años y no tener mujer no era nada gratificante.

Son muchos los que ya están en la Casa del Miliciano cuando llega José Arturo Rubalcaba, y siguen siendo muchos los que van arribando y se les entrega el uniforme y el fusil. Pasadas las dos de la madrugada, reparten un agua de café que calientica sí está, y un pancito untado con algo que no se puede definir, pero para el hambre no hay bocado malo, así que José Arturo y todos los demás se comen aquel pan y se toman aquello que llaman “ cafecito” como si fuera lo mejor del universo.

Ya no le parece tan buena esta apretazón en el camión, uno pegado al otro. Dos gordos, uno a cada lado, lo apachurran y le pegan olores extraños. El de la izquierda huele a manteca recalentada; el de la derecha, como es más alto que Rubalcaba, lo ahueca en el sobaco y le pasa su transpiración ácida y pegajosa. El anuncio había sido que iban para las trincheras, es difícil ubicar en tiempo y espacio las dichosas trincheras porque el camión da vueltas y vueltas. José Arturo está convencido que el chofer está perdido, seguro que es uno de esos que acaban de llegar de Oriente y no conoce la capital. Después de dos… tres… cuatro horas, se detiene bruscamente el camión. ¡Ahora a las trincheras… listos!

Y allí está José Arturo Rubalcaba en su primera noche en espera del ataque. La incertidumbre aumenta. No se sabe si los americanos vendrán por aire o por mar. ¡Bendita Santa Bárbara, menos mal que vivimos en una Isla! ¿Vendrán con cañones… con la artillería pesada, esa que se ve en las películas… ¿con aviones bombarderos? ¡Ay, Virgencita de la Caridad del Cobre… Ay, Cachita mija, si tú no cuidas a tu pueblo no sé qué va a ser de nosotros! ¿Cuántos…? ¿Cuándo…? Y nosotros aquí, con estos riflecito rusos y con hambre, cará. Que el capitán nada más que está con eso de que hay que ahorrar, porque no se sabe hasta cuándo durará la guerra, y eso si salimos vivos… si bombardean, aquí no queda títere con cabeza.

José Arturo ha perdido la cuenta de las noches y los días. Ya no sabe bien qué tiempo lleva metido en aquel agujero que con buena suerte le había tocado abajo tierra, así que para que lo mataran no iba a ser fácil. Que lo mataran, sí, eso había dicho el capitán, que los que tendrían que defender bien el frente eran los del agujero, eran como la reserva, cuando mataran a todos los de la trinchera entonces le tocaría a los de los agujeros salir a pelear… A pelear… A matar al enemigo, qué pasa, miliciano, firme ahí…. ¿Tiene miedo? No mi capitán, jamás. ¡Listo a morir por la patria!

Y el capitán había sido claro. De que vienen los americanos, vienen; y de que hay que pelear, hay que pelear. Y cuando no tengamos balas, habrá que luchar con las manos. Y cada momento que pasa José Arturo se hunde más en sus miedos, que le ronronean todo el tiempo por allá adentro. En las últimas horas, son muchas las imágenes que se le cruzan en un golpe de pecho, sobre todo en las noches, donde el silencio, por ser más intenso, le agudiza y le revuelve el pasado, el presente y sobre todo el futuro. Y si lo matan cuando salga del agujero… Si lo matan, y él ni siquiera va a dejar un hijo que salve el apellido Rubalcaba. Si lo matan los americanos, cará, él, José Arturo Rubalcaba, se irá de cabeza al mismísimo infierno y tendrá que confesarle a Satanás el pecado de ser virgen. Si lo matan… porque ya lo ha dicho el capitán, es probable, casi seguro, que lo van a matar, porque eso es lo que quieren los gringos, acabar con todos los que defienden la Revolución.

Si él muere en esta guerra con los americanos… no, no puede morir, no, aún no… Está bien que vengan los americanos, que venga la guerra, que maten a todos, que lo maten a él, que hundan la Isla en el mar… pero antes de que todo eso suceda, él tiene que hacer algo. No… No… No… mil veces no. No puede morir así como así. Antes que vengan los americanos, él tiene que cumplir el sueño de su abuelo, el de su padre, y su propio sueño.

Cómo va a morir en manos de los invasores imperialistas, cómo van a venir los americanos y, pum pum, lo van a matar en su propio agujero, cómo se va a ir de este mundo sin saber qué es el matrimonio, qué es casarse con alguien, qué es despertarse cada día en los brazos de una mujer…

Ya… lo ha decidido. Acaba de tomar una determinación. En el primer pase que le den, no irá a casa, no. Se casará con Maité, o con Elenita, o con Marisol… no importa con cuál, pero se casará, para que cuando lo maten los americanos en su agujero ya él, José Arturo Rubalcaba, sepa entonces muy bien qué es ser un hombre casado.

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Sobre el autor

Rebeca Ulloa

Rebeca Ulloa

Rebeca Ulloa (Guantánamo, 1949) es narradora, periodista, guionista de radio y televisión, promotora, productora cultural, crítica y ensayista. Técnica en informática, fue profesora universitaria y asesora de tesis de grado de la Facultad de Comunicación Social (Colombia 1998-2008). Es también curadora y ha obtenido numerosos lauros y reconocimientos por su obra literaria y radial. Su primer premio literario lo recibió a los 15 años de edad. Ha publicado varios libros con la coautoría del maestro Arístides Pumariega.

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