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Vivir, crear y comer a plenitud. El Renacimiento

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Vivir, crear y comer a plenitud. El Renacimiento

The Judgment of Paris (Rubens)

Vivir, crear y comer a plenitud. El Renacimiento
Mayo 01
05:10 2017

Si las señoras Isabella Brant y Helene Fourment, sobre todo la última, vivieran hoy en día, casi seguramente que serían un par de amables gorditas, muy simpáticas, con complejos y remordimientos ocultos a causa de sus abundantes carnes. Pero, por suerte para ellas y para el arte, vivieron en otra época y fueron los grandes amores de un caballero llamado Pedro Pablo Rubens.

Además de un genio de la pintura, Rubens era un verdadero cortesano, un viajero y diplomático consumado. Carecía de complejos (no tenía por qué tenerlos) y amó a sus gordas tanto que tuvo tres hijos con Isabella y cinco con Helene.

Pero con Helene fue mucho más lejos. Cuando se casó con ella, Rubens tenía 53 años de edad y ella era una niña, dieciséis. No obstante, la convirtió en una mujer de mundo, una madre prolífica y un ícono de la gran pintura barroca, para lo cual ella se prestó de buen grado y colaboró con muchos deseos y entusiasmo.

Entre 1630 y 1640, año en que muere el pintor a la edad de 63, Helene fue la deliciosa Venus de The Feast of Venus, que podemos admirar hoy en Viena. Fue también la rellenita belleza que el príncipe Paris debe gustosamente inspeccionar en The Judgment of Paris (Museo del Prado) y posó para una, o quizás más de una, en The Three Graces, también en el Prado. Es la sensual Eva de The Fall of Man (el Prado) y, entre varios más, el famosísimo Portrait of Helene Fourment, conocido también como Het Pelsken, donde el pintor la desnudó completamente, aunque le permitió taparse malamente los senos con el brazo derecho y las posaderas con una piel peluda.

Este último cuadro mencionado, bello y algo morboso que el maestro guardó para sí durante largo tiempo (es obvio que no se había inventado aún el video), se puede disfrutar ahora en el Kunsthistorisches Museum de Viena. Cuando Rubens pintó esta maravilla, acababa de conocer a Helene y la pinta sin retoques ni intentos de minimizar su incipiente gordura. Le rinde homenaje a su gracia y belleza, evidentemente orgulloso de que sea su mujer, sin ocultar su cuerpo ni su nombre. Era, el maestro Rubens, un hombre libre, un gran artista y amaba a Helene. Una buena enseñanza para nosotros, ¿verdad?

Como a todo gran artista, a Rubens se le atribuyen muchas influencias en su forma de pintar, entre ellas, la escultura griega clásica y romana, y, más cercanos en el tiempo, los venecianos Giorgione, Tiziano Vecellio (otro sibarita amante de las formas femeninas rotundas), el Veronese y Tintoretto. Y por supuesto, los maestros Leonardo da Vinci, Rafael Sanzio y Miguel Ángel Buonarrotti. ¡Caramba, si todas las «malas» influencias fueran como esas! Y a estas influencias y algunas otras maneras de hacer y pensar se les conoció, posteriormente, como el Renacimiento.

El Renacimiento, o los Renacimientos, pues fueron procesos culturales, sociales y científicos que beneficiaron a los países europeos en diferentes espacios de tiempo y con características disímiles, no tienen un comienzo exacto, claramente definido en una fecha o un hecho histórico. Se trata de un reencuentro progresivo con la antigua cultura helenística, un crecimiento de la investigación científica y, sobre todo, de la técnica: navegación, astronomía, imprenta, anatomía, artillería, arquitectura, óptica, cartografía y muchas más; una liberalización de las costumbres, un mayor acceso a la información, el descubrimiento de nuevos mundos y costumbres y un despertar casi explosivo del arte, sobre todo del pictórico y el escultórico.

La pintura adquirió profundidad y colorido. La belleza dejó de estar solo en función de la religión para adquirir valor por sí misma. La delgadez extrema siguió siendo sinónimo de sufrimiento y entrega a Dios, pero las figuras robustas, sobre todo las femeninas, simbolizarían la maternidad, incluso la maternidad cristiana (las innumerables Vírgenes María que pueblan los museos y colecciones particulares de todo el mundo) y también el goce de la vida, los placeres de la mesa, el amor carnal y el erotismo pagano.

El paradigma del Renacimiento y del hombre renacentista es el italiano Leonardo da Vinci (1452-1519), aunque Italia, como la conocemos hoy, aún no existía como tal. Hijo bastardo, nació en la Toscana, uno de los parajes más bellos de la península italiana. A los 24 años de edad es detenido y llevado a juicio por tener una relación homosexual con un muchacho de 17, cargo que se desestima, probablemente por gestiones de su padre, pero que tiene muchos visos de ser cierto. A los treinta entra como ingeniero y pintor al servicio de Ludovico Sforza y su fama comienza a expandirse: estudios anatómicos, armamentos, fortificaciones, trabajos hidráulicos, aparatos voladores, cañones y lanzadores de piedras, fuegos artificiales, decorados, observaciones sobre el movimiento animal y humano, y un sinnúmero más de obras por las que se interesaba durante un tiempo y después, muchas veces, dejaba a medias.

Su famoso dibujo del Hombre Universal, conocido también como El Hombre de Vitrubio, es un clásico de las medidas humanas armónicas y perfectas y una muestra clarísima de que la belleza está en el término medio.

Leonardo fue un hombre brillante y algo extraño, probablemente lastrado por su desagradable experiencia juvenil, lo que le llevó a ser muy distante y cuidadoso con sus relaciones personales, pero que nunca perdió el donaire y la cortesía.

En 1516, se fue a Francia como pintor oficial de Francisco I, pero ya estaba enfermo ─tuvo un accidente vascular cerebral que le dejó una parálisis del lado derecho del cuerpo, que no lo limitaba completamente para su trabajo, pues era zurdo, pero le afectaba física y psicológicamente─ y murió, en paz y reposadamente, según cuentan, en 1519.

No caben dudas de que el concepto de belleza del Renacimiento se inspiraba en los cánones griegos y romanos clásicos, pero también significó un retorno al reconocimiento de la forma real de las personas y las cosas. Se podía pintar una modelo porque era bella, pero al mismo tiempo se le pintaba tal y como era en la vida real, y la vida real de aquella época no contemplaba las dietas extenuantes, la cirugía reconstructiva o el ejercicio en el gimnasio. Es más, la buena comida, las deformaciones físicas y la maternidad eran parte muy importante de la vida y no se rechazaban o escondían.

Una muestra de la expresión real de la vida en la pintura es el retrato del obeso rey inglés Enrique VIII, realizado por Hans Holbein el Joven. Este rey, tan conocido por sus famosas seis mujeres, terminó su vida prematuramente debido a sus orgías y francachelas (hay otras explicaciones médicas más complejas, pero no vienen al caso aquí), de las cuales la sífilis fue un subproducto.

El enano Morgante, obeso y deforme, fue el modelo de la fuente de los jardines de Bóboli, en el palacio Pitti, en Florencia. Esta escultura, una fuente en realidad, ejecutada por Valerio Cioli Seltigmano, le dio cierta fama al enano y se le volvió a llamar para modelar esculturas, también famosas, de Susini y Giambologna.

Otro aspecto, uno más, de que el Renacimiento significó un cambio sustancial y positivo, fue el gastronómico. El fasto y la puesta en escena de los banquetes renacentistas, tan alejados de la grisura y grosería de los medievales, se acompañó de una evolución en la preparación de nuevos alimentos, de su calidad y frescura, de la presentación de los platos, el ornamento de los mismos y un rechazo visceral a la monotonía y el aburrimiento. El propio Leonardo da Vinci fue un especialista en estos menesteres.

El comportamiento en la mesa también comenzó a valorarse, haciendo de la distinción y las buenas maneras parte de la cultura y la nobleza. Fue, en cierta medida, la época del nacimiento de la educación formal.

Quedaba mucho por aprender, pero sin la menor duda, estaban en el camino.

Sobre el autor

Félix J. Fojo

Félix J. Fojo

Félix J. Fojo (La Habana, 1946) es médico, investigador, divulgador científico, ensayista y novelista. Es coeditor de la revista Galenus. Ganador de premios literarios como 'La Edad de Oro' con libros de divulgación y biografías para niños y adolescentes, fue finalista del Premio Casa de las Américas 1983 en el género ensayo. Recibió el premio al mejor libro del año de la Academia de Ciencias de Cuba (1984) con una biografía sobre Carlos J. Finlay. Ha publicado, entre otros libros, 'Crónicas de la secesión' (Editorial Palibrio, 2014), 'No preguntes por ellos' (Editorial Palibrio, 2015), 'El Corso me decían' (Editorial UnosOtrosCulturalProject, 2016) y 'De Venus a Botero: Breve historia de la obesidad' (Editorial UnosOtrosCulturalProject, 2017).

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